Tim Duncan es un jugador de otra galaxia, y lo prueban los cinco anillos que ocupan hoy en día una de sus manos de seda. Cinco campeonatos y un papel siempre sigiloso, que le ha llevado hasta lo más alto pasando mucho más desapercibido que jugadores que jamás han llegado a flirtear con Larry O’Brien (el trofeo, no la persona). Él es, sin embargo, uno de los mejores –o el mejor– jugadores de baloncesto del siglo XXI. A los cinco anillos hay que sumarle dos premios al Jugador Más Valioso de la liga y tres MVP de las Finales NBA, mejor que otras leyendas del momento como Kobe Bryant o LeBron James y sumando enteros respecto a los mitos del baloncesto del siglo pasado.

Tan grande y tan modesto. Humilde y nada presuntuoso, Tim Duncan ha sido la verdadera cara reconocible de todos los triunfos de la franquicia que ha dominado los últimos tres lustros, de un equipo que siempre ha estado entre los mejores desde que le eligieron en 1997 como número uno del draft. Ese chico de las islas vírgenes mamó como rookie de la experiencia de históricos como David Robinson. No defraudó y revitalizó al conjunto texano con unos promedios tremendos en su temporada de estreno de 21 puntos, 12 rebotes, casi 3 asistencias y 2.5 tapones por encuentro. La dupla interior que formó con su mentor, Robinson, causó estragos en la mayoría de equipos del territorio norteamericano. En 1999, en su tercer año, los Spurs consiguieron su primer anillo y él se alzó con el MVP de las Finales.BqO0mcICEAAJYjt

Más tarde, además de llegar a promedios de 26 puntos y 13 rebotes en ciertas temporadas, llegaron las incorporaciones que permitirían a los suyos consolidarse como el gran equipo del siglo naciente. Con Tony Parker, un francés, y con Manu Ginobili, argentino, los Spurs asentaron la cultura más internacionalista y europeísta de la historia de la NBA. Gregg Popovich fue sin duda vital, promoviendo un estilo de juego basado en lo colectivo, lo solidario, lo justo y lo sacrificado.

La patente proporcionó tres anillos más en 2003, 2005 y 2007, dando pie a las estúpidas pero habituales creencias deportivas de los estadounidenses. El año impar se convirtió en Spur, el par permitió el triunfo de otros. A pesar de ser quizás el mejor Big Three contemporáneo, los Spurs mantuvieron siempre un estatus bajo. Nunca fueron los más ricos, ni los más excéntricos ni los más famosos. Lisa y llanamente fueron y son unos trabajadores natos, ejemplares. Un orgullo pseudo-marxista ya que, tampoco nos engañemos, de pobres no estamos hablando.Legado Duncan

Tim Duncan es el mejor ejemplo de todo ello, de como Popovich articuló una máquina perfecta que, a pesar de no ganar año tras año como las dinastías angelinas, célticas y toreras, siempre mantuvo un estilo firme y unas convicciones fuertes. Para competir, las estrellas no pidieron aumentos descabellados de sueldo, sino mejores compañeros a los que amablemente cedieron parte de sus (posibles) ingresos. La fórmula fue menguando en popularidad –si es que alguna vez la tuvo en la ostentosa cultura estadounidense– ya que entre 2007 y 2012 los Spurs quedaron huérfanos de Finales.

Con 36, y en año impar, Duncan y sus hidalgos venidos de alrededor del planeta –San Antonio ha sido el equipo más internacional por lo menos en las últimas dos temporadas–, se plantaron en unas Finales contra Miami Heat, vigentes campeones de la liga. Hicieron lo de siempre, el sello eterno que perdurará en el recuerdo de quiénes les han visto jugar y que otros muchos usaran como inspiración. Atacaron bien, defendieron fuerte y acariciaron el anillo en el sexto encuentro de unas finales con un cierre cruel y desgarrador. Miami giró la eliminatoria con un golpe de efecto tan duro, con un triple de Ray Allen sobre la bocina,  que abortó de facto el definitivo séptimo encuentro. Un sueño roto y de paso, una creencia irracional (el año impar) combatida a su pesar.

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Enterrados por afición y prensa, se predijo el final de una época, la retirada de los viejos (MUY viejos, decíamos) rockeros. Al contrario, hoy asistimos a la quinta corona presentada en El Álamo. La revancha ante los mismos Heat, ante el rey LeBron y ante la comunidad de escépticos a la filosofía de los Spurs. Aprendida la lección, no tiene por que ser la última vez que les veamos coronados. ¿Quizás en la próxima campaña?

Y en todo esto, durante más de quince años, Tim Duncan siempre estuvo en primera línea y, a la par, en la penumbra. Glorioso, épico y efectivo pero igualmente silencioso entre un mar de príncipes y reyes del baloncesto. Todavía pocos le incluyen entre los diez o veinte mejores de la historia, a pesar de que sus números son los del mejor ala-pívot de la historia –tiene delito, mirando en retrospectiva, que la prensa española y los aficionados pusiéramos a Pau Gasol por delante suyo durante un buen trecho–. Sus números, su palmarés y un juego impecable que sigue siendo óptimo a sus 38 años le convierten en leyenda viva y en activo.

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Cumplirá 39 el próximo curso y por sus palabras seguirá jugando hasta el cuerpo le diga basta. Entre semidioses y herederos de Michael Jordan, Timmy ha forjado una legado indestructible que debería, ahora ya sí, colocarle en el Top 15 (siendo modestos) de mejores jugadores de la historia.

Él no dirá nada, no reclamará su puesto, porque como ha hecho hasta ahora, no tiene que hablar más que dentro de la cancha para ganarse al pueblo. Duncan es eterno.