Hace un par de meses, como previa a la temporada NBA que ya ha llegado, escribí una pieza en VICE Sports sobre los apuros que están pasando las ligas domésticas y europeas —léase ACB y Euroliga— para retener a sus mejores talentos en casa.

Con la mejor liga del mundo (no tan) recién estrenada, creo que se confirman los peores presagios. La NBA no solo exportó a más talento europeo que nunca, sino que además ese talento está adaptándose a las mil maravillas a la competición.

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El gran ejemplo, para mí, de este cambio de panorama, es el caso de Sergio Rodríguez. Para empezar, no muchos han conseguido hacer el viaje de ida y vuelta al Atlántico para al cabo de varios años en la ACB, volver a escuchar la llamada de América. Él sí, volvió al Real Madrid tras pasar su juventud en Portland, Denver y Nueva York y de la capital española ha impulsado de nuevo su sueño americano.

Y qué éxito, el tío se está poniendo en el bolsillo a la ciudad de Philadelphia: titular indiscutible desde el primer día, sexto máximo asistenciador de la liga (8,2 asistencias) y más de 11 puntos y 30 minutos por encuentro. Eso, señoras y señores, es el éxito personificado en una barba. Chachismo.

Pero no estoy aquí para hablar solo de él, que es un ejemplo de algo más grande. La NBA lo tiene todo: el talento, la pasta y, también, algo incluso más primordial, el sentido de lo que es dar un buen espectáculo.

Las comparaciones son odiosas, por el escándalo que representan. Económicamente es la ruina. Por eso a Àlex Abrines le va bien pasar de sus minutos en el Barça y dar un salto quizás algo prematuro —algo que está por ver todavía— con un contratazo de 18 millones por tres años —seis por curso— con los Oklahoma City Thunder.

Aunque no son datos oficiales, los mejores pagados en Europa cobran entre dos y cuatro millones. Y hablamos de los mejores, porque el salario mínimo por convenio en la ACB está entre los 18 000 y los 60 000 euros. En la NBA, un rookie se lleva por lo bajo unos 500 000 euros. Adiós.

Cierto es que no todo se basa en la pasta, así que por aquí queda siempre un rayo de esperanza… que se desvanece cuando vemos los despropósitos de la guerra fratricida entre la Euroliga y la FIBA o la falta de competitividad y audiencia de las ligas domésticas.

De media, los partidos de la temporada regular de la NBA tienen un mínimo de 350 000 espectadores, mientras que el mejor encuentro que se puede ver en la ACB, el Barça-Madrid que acaba siendo la final de cada año, tiene 200 000 (datos del último clásico del 7 de noviembre).

“Nosotros no competimos con la NBA ni en el mercado de televisión ni en otros aspectos económicos. Competimos en el mercado de jugadores”, apuntaba Jordi Bertomeu, presidente de la Euroliga, tras anunciar el nuevo modelo de competición que ha dividido el baloncesto europeo.

“Lo que tenemos que conseguir es que los jugadores tengan un proyecto interesante, porque es imposible que ganen el dinero que ganan allí. Que jugar la Euroliga les dé un plus, suponga un prestigio”. ¿Está pasando esto? De momento, no.

De hecho, esta temporada hay un récord de 113 jugadores internacionales de 41 países distintos en la NBA, así que el reclamo sigue en aumento y la valoración del extranjero también.

Visto lo visto, al baloncesto europeo, y en especial el nacional, solo le queda rendirse a la evidencia y resignarse a ser la mayor cantera de la NBA.

Sigue al autor en Twitter: @GuilleAlvarez41

P. D. Ahora que releo estas líneas me surge otra pregunta, ¿puede significar eso que el nivel de nuestro basket ha mejorado mucho? Probablemente sí, pero tampoco es un alivio suficiente. Que viva la NBA, pero salvemos también lo que es nuestro.

Nota: puedes leer la opinión del Sergio Rodríguez, Jordi Villacampa y Chechu Mulero en mi otro artículo para VICE Sports.