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Parte IV: Daytona Beach, Florida, enero 1977

En unas viñetas dulces que difieren al dramatismo adolescente de quienes le acompañan en este serial, el 26 de enero del año 1977 nació en Florida un chico de cejas pobladas, nariz ancha y sonrisa ciclópea en cuyo camino no se topó con demasiadas verjas que saltar. Y no estamos minusvalorando su sacrificio, sus leguas andadas, pero digamos que desde que Vince Lamont Carter agarró una pelota de baloncesto a los dos años casi no hubo acontecimientos que le frenasen los pies hacia el estrellato. Y tecleo casi porque a los seis, él y su hermano Chris, después de meses de chillidos y discusiones de más, vieron como sus padres se divorciaban. Debió resultar traumático, claro, pero la pasión obsesa de Vince por el baloncesto y el empeño de Michelle, su madre, por sostener una estructura familiar estable, no iban a dejar la película a medias.

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Vince se crió en Daytona Beach, una ciudad costera del noroeste de Florida, conocida por sus gigantescos bloques de apartamentos y complejos de hostelería, pero también por ser la sede de una clásica carrera de 500 millas considerada la cúspide del calendario NASCAR junto a Indianápolis. Pero la ciudad no siempre está repleta de forasteros con ganas de fiesta. Los meses estivales son de los turistas, que acuden desbordados en busca de arena blanca y agua turquesa. Poco antes del verano ya se ha celebrado la Daytona 500, la famosa carrera, que se incrustra en el Spring Break, lo aquí equivalente a las vacaciones de Semana Santa. Sin embargo, durante el resto del año, la ciudad está quieta, como un mastín a la sombra. “Daytona is not like your typical city. It’s not Miami. It’s not Orlando. It’s a little slower”, comenta el propio Carter.

Allí, en canchas de sol pre-caribeño, Vince se empezó a fraguar un prestigio entre los que acudían regularmente a jugar pachangas y no pachangas. Pero para entender los fundamentos del muchacho hay que remontarse algunos años atrás, a tres nombres trascendentales en su gestación. Decisivo fue Harry Robinson, un profesor que se casó con su madre, también profesora, y sustituyó a su padre –con quien el contacto se redujo casi de cuajo- para amoldar a un niño educado, constante e inquieto en otras materias. Harry, de hecho, enseñó a Vince a tocar tambor, trompeta y saxofón. Casi nada. También apareció desde temprano su tío, Oliver Lee, que había sido jugador de baloncesto, llegando a presentarse al Draft NBA del ’81. Lo escogieron los Bulls, pero nunca encajó en el profesionalismo, y regresó a Daytona antes de tiempo para jugar en ligas locales. A su total adultez enseñó a su sobrino Vince habilidades a montones.

No obstante, la figura que se sobrepone a las demás en cuanto a influencia es Julius Erving. Carter ya lo idolatraba teniendo dientes de leche. Seguramente, sin ‘Doctor J’ apareciendo en la televisión de casa, Vince no habría sido jugador de baloncesto. Su admiración era tan enferma que el niño imitaba todo lo que hacía el sixer sobre el parqué del Espectrum.

No te espante ahora, lector, que con once años y 152 centímetros Vince Lamont Carter ya llegaba al aro al saltar. Sus amigos empezaron a llamarle ‘UFO’ –Unidentified Flying Object, Ovni en español-. Con semejantes facultades físicas y un talento que seducía el muchacho empezó a llevar a decenas a curiosos a los playgrounds de Daytona. Con doce años ya era reconocido como el mejor jugador de la ciudad, y su escalada hacia lo profesional sería rápida.

Carter destacó desde el principio en Mainland, el instituto de Daytona en el que estudió, pero el crecimiento de su cuerpo y de su baloncesto fue tan dispar al de sus compañeros que llegó a desentonar. Entre los catorce y los diecisiete años, Vince creció cerca de 35 centímetros, empezó a entrenar muy duro durante los veranos y trabajó muchísimo en su tiro. La brecha con los muchachos de su edad se había hecho tan gigantesca que en un partido de playoffs llegó a anotar 47 puntos- alentado por su entrenador- llegando a sentirse avergonzado al final del choque.

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El ‘hype’ en torno a Carter era implacable, y había decenas de universidades luchando por reclutarlo. “Si quisiera ser la estrella del equipo probablemente elegiría a Florida o Florida State. Pero estoy preparándome para más allá de lo universitario. Sueño con llegar a la NBA”, dijo el adolescente en una entrevista. Terminaría uniéndose a los Tar Heels de North Caroline, universidad que diez años antes había dejado un tal Michael Jordan. Después de tres temporadas de éxito comedido allí, Vince se presentó al Draft de 1998. Lo eligieron los Warriors, y aunque sin pensarlo dos veces lo traspasaron a los Raptors, su rendimiento en Canadá fue inmediato.

Rookie del Año, dunker feroz, y como acabo de decir, de un impacto raudo. En el curso 1999/2000, Carter promedió 25,7 puntos, 5,8 rebotes, 3,9 asistencias y 1,3 robos por noche, y siendo apenas un sophmore se coló en el All Star, ganando además un concurso de mates que muchos bautizan todavía hoy como el mejor de todos los tiempos. Es importante el tema de las cifras, pues muchas veces se olvida la dimensión de un tipo que ha sido una total súper estrella de la liga.

Marchó su primo Tracy McGrady a Orlando en 2001, después de que Iverson, Mutombo y quienes formaban parte de aquellos 76ers finalistas les derrotasen en una memorable eliminatoria que alcanzó el séptimo juego. Y el tiempo ralentizó, y Toronto se alejó del nivel de Carter hasta que en diciembre de 2004 aceptó a 3 jugadores y a 2 futuras rondas de draft a cambio de traspasarlo a New Jersey Nets. Allí coincidiría con un titán –Jason Kidd-, y compañeros de la talla de Richard Jefferson o del prometedor Nenad Krstić, en el que los Nets tenían puestas tantas esperanzas que se habían desecho de Alonzo Mourning en el trade de Carter. Pero nada salió como Vince esperaba.

Ninguna de las tres experiencias de postemporada resultó ser próspera en términos colectivos, y en febrero de 2008, Kidd cambió New Jersey por Dallas. O le cambiaron. A los Nets llegó Devin Harris, por entonces un pistón, pero el equipo bajó en lo competitivo, y año y medio después que Kidd, Carter también decidió mudar.

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Lo hizo a Orlando Magic, que acaba de disputar las segundas Finales de su historia. Ganaron los Lakers, pero la materia prima –Dwight Howard, Rashard Lewis, Jameer Nelson…- sedujo a Carter, que buscaba opciones de anillo. Por primera vez, Vinsanity estuvo en la trinchera de un contender real, así lo certifican las Finales del Este que pisó. El problema es que delante estuvieron los Celtics. Aquellos Celtics.

Carter-MavsEn asfixia de condiciones llegó en diciembre de 2010 a los Phoenix Suns, preludio de un trienio con los Dallas Mavericks (2011-2014) que a buen seguro disfrutable por un Carter ya envuelto en la piel de un veterano. En verano de 2014, a fin de proseguir su travesía por el Oeste, y quién sabe si también para optar la gran victoria, aterrizó en Memphis Grizzlies en un rol que le viene “que ni pintado”.

Igual se retira con los dedos desnudos, desprovistos de anillo alguno, pero que la historia no olvide quién ha sido Vince Carter. Que no lo escriban como a un animal de concurso. Fue mucho más. 19’4 puntos de media en más de 1200 partidos como profesional. Eso es Vince Carter.