Han pasado ya más de 72 horas desde que la ciudad de Cleveland celebró su primer gran título tras más de 50 años de sequía y me sigue durando esa sensación extraña de haber tenido que rendirme a los pies del hombre al que tanto odié.

Durante la última década siempre me he considerado un hater en el sentido más básico de la palabra: he odiado a LeBron James, a su prepotencia, su arrogancia, al hombre que dejó su ciudad para irse a ganar un anillo, al que solo-era-físico, al que, en definitiva, representaba todo lo opuesto a lo que yo entendía como baloncesto. Y anoche, tras culminar una de las hazañas individuales y grupales más históricas de la NBA, me rendí ante él, ante el Rey.

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El trofeo Larry O’Brien conocerá el estado de Ohio por primera vez en su historia y lo hará gracias al hombre que prometió llevarlo a casa. Se fue a Miami para aprender lo que significaba ser campeón, ser el mejor del mundo, y volvió con una consigna: traer un anillo a Cleveland. Le han bastado dos años y sus terceras finales con los Cavaliers para cumplir su promesa —y cumplir una promesa a veces no es tan fácil.

Anoche, en el Oracle Arena de Oakland, LeBron James cayó al suelo en cuanto escuchó la bocina que anunciaba el final de uno de los Game 7 más emocionantes y disputados de las últimas décadas. Al contrario que el año pasado, cuando él y sus Cavs sucumbieron ante el mismo rival, esta vez James no estaba solo. Se abrazó con Irving, con Richard Jefferson e incluso lloró en los brazos de Kevin Love, esa pieza de su tablero que nunca consiguió hacer cuajar tal y como le hubiera gustado.

Sobre todo, lloró sobre la pista, la misma que le eleva un poco más en el Olimpo del baloncesto cada vez que la pisa. Liberó en un momento toda la emoción que había acumulado durante unas finales a 7 partidos en las que se erigió, con el permiso de Kyrie Irving, dueño y señor de los Cleveland Cavaliers.

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LeBron James se marcha de las Finales NBA 2016 como líder de todos los apartados estadísticos: máximo anotador, reboteador, asistente, ladrón y taponador de ambos equipos. Pero su impacto va mucho más allá de los números. Tras los primeros cuatro encuentros se vio 3-1 abajo y sabiendo que ningún equipo en toda la historia había remontado un marcador así en unas finales. Entonces se puso el mono de trabajo y recordó que a él lo que siempre le ha gustado es romper los libros de historia y reescribirlos con su propia mano.

Encadenó dos partidos de más de 40 puntos consecutivos y un séptimo encuentro en el que hizo el primer triple-doble de un Game 7 en más de 25 años. Un séptimo encuentro en el que hubo hasta 20 cambios de ventaja en el marcador y que se decidió con una sucesión de acciones que marcaron el devenir del partido: un tapón de LeBron a Iguodala, una defensa de Love a Curry y un triple de Irving en la cara del actual MVP. Todo ello, para dar a Cleveland su primer anillo de campeón de la NBA.

La historia hace tiempo que le guarda un sitio a LeBron, pero tras lo conseguido en estas finales James cambió los datos de la reserva y firmó con tinta dorada. Hizo que todos, los que le odian y los que le quieren, los fans y los haters, se pararan por un momento a admirar la grandeza de sus logros. “Volví para darle un título a esta ciudad. Di todo lo que tenía, di mi corazón, mi sudor, mi sangre y mis lagrimas. Esto es vuestro, Cleveland”. Fueron las primeras palabras de un LeBron James para el que este título, después de dos anillos en Miami y cuatro premios MVP, sabía diferente.

Este anillo es distinto para él porque es el que más se le había resistido. Durante todas las finales, sobre todo cuando más negro lo tenían, Cleveland no creyó en imposibles e hizo de la supervivencia su carta de presentación, la única respuesta ante el mejor equipo de la historia de la temporada regular. Un récord, 73 victorias, que de poco sirve cuando no ganas el anillo, y es que el récord de los Warriors, sin anillo, es estéril; pero seguirá quedando para la historia, y más importante, para nuestra memoria.

Pocos anillos estuvieron tan cargados de valor emocional y significado como el que LeBron y los Cavaliers han ganado esta temporada. Durante las finales, James anotó, asistió o creó directamente 392 de los 703 puntos de los Cavaliers (56%, 56 puntos por partido). No hace falta ni decir que supone un récord histórico en finales NBA. Esta temporada, LeBron ha terminado de tirar abajo las puertas del cielo y cuando aún le quedan varios años hasta su retirada, ya pide a gritos su inclusión en el top 5 histórico de la liga.

Una liga que a día de hoy le pertenece y, aunque cueste admitirlo, lleva perteneciéndole casi diez años. Ya no son sus números ni sus récords; no son sus actuaciones ni tampoco sus anillos y premios MVP. Al final, lo que hace que LeBron James sea el mejor jugador del mundo es el momento en el que consigue incluso que se difumine la línea que separa el premio al ‘jugador más valorado’ del ‘mejor jugador’.

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Follow my lead (seguid mi ejemplo), era la consigna pre-partido de LeBron James a los suyos durante cada encuentro de los Playoffs. Pocas veces una frase significó tanto para un equipo, que con su líder vestido de héroe, fue capaz de desafiar a la historia y labrarse un hueco en ella. Cleveland consigue así su primer anillo, pero la hazaña de LeBron James va más allá. El único jugador de la NBA actual capaz de hacer candidato al anillo a cualquier equipo. Ni siquiera Curry, MVP unánime de la temporada regular y uno de los mejores tiradores de la historia, sería capaz de transformar de esa manera a un equipo perdedor, de fraguar de la nada a todo un contender.

Y eso no es hablar mal de Stephen, sino maravillas de James. Termina liderando a los dos equipos de las las Finales en puntos (29,7), rebotes (11,3), asistencias (8,9), robos (2,6) y tapones (2,3) pero no es suficiente para cuantificar su impacto en la historia. Quizás no haya que hacerlo, a lo mejor somos nosotros que nos equivocamos al intentar ponerle números y cifras a todas sus actuaciones. Quizás, y solo quizás, son los propios fans de Cleveland los que mejor puedan describir lo que significa que el Rey haya vuelto a casa y les haya traído el anillo de campeones.

No le comparemos con Kobe, Magic o Jordan. No comparemos a LeBron con nadie, al menos hasta que termine su carrera. Las comparaciones son inútiles mientras una leyenda sigue creciendo. Lo dijo Adam Silver en la entrega del trofeo de campeón: “Volviste a casa para darle un campeonato a tu ciudad. Lo has conseguido”. Solo hay uno capaz de poner en perspectiva lo que James ha conseguido, y ese es el tiempo. El tiempo dirá como de grande hizo LeBron a Cleveland y como de grande se hizo a sí mismo.

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