Yo jugué en esos Lakers del Showtime en los 80 con Magic Johnson, Kareem Abdul-Jabbar y James Worthy”, explica Bob McAdoo en el libro de Vincent Mallozzi sobre Rucker Park, Asphalt Gods. Y añade: “Pero Pee Wee ya estaba orquestando el showtime en Norfolk State veinte años antes de aquello”. ¿Pee Wee qué? A pocos les sonará la persona de quien habla McAdoo, tres veces campeón de la NBA con Los Angeles. ¡Y vaya persona!

Richard Pee Wee Kirkland fue uno de los mejores jugadores en pisar Rucker Park, el Maracaná del baloncesto callejero. De hecho, nunca se ha establecido fehacientemente quién fue el mejor, pero la discusión orbita entre su figura y la de Joe Hammond, su compañero de equipo y cuadrilla en los Milbank Pros, un equipo que en los setenta tosía en la cara a las mejores escuadras profesionales de la ABA y la NBA.

Si Pee Wee ha pasado a un segundo plano de los libros de historia del deporte es porque, al contrario que Caron Butler, decidió apostarlo todo a ser un camello. Y no fue un camello cualquiera, ya que el Financial Times estimó que en su momento acumuló hasta 30 millones de dólares, una fortuna que le situaría por delante de gángsters televisivos como Frank Lucas. “Yo no pensaba en los números. Me llamaban el Banco de Harlem, y mis asociados se aseguraban de que cualquier comercio o emprendedor con problemas acudiera a mi para prestarle dinero y quedarnos los intereses. Si eran personas con problemas personales, normalmente no les pedíamos la vuelta”, asegura Pee Wee en esta entrevistaa con VladTV.

¿Segundón en la NBA? De eso nada

En 1968, Kirkland aterrizó en los Chicago Bulls en la decimotercera ronda del Draft. Jamás jugó un minuto en la NBA tras salir disparado del equipo después de una discusión con Dick Motta durante la pretemporada y desaprovechar una segunda oportunidad con los San Diego Rockets. Esos problemas tan prematuros en su trayectoria eran comprensibles: Pee Wee combinó su aterrizaje en la liga con la pertenencia a una banda neoyorquina de lavado de dinero, tráfico de drogas y robo de joyas. Cuando le draftearon, Kirkland ya era un hombre rico, tenía todo el lujo material que podía ofrecerle la NBA.

El contrato que rechazó con los Bulls era de 40.000 dólares, y él ya había ganado más de 900.000 por aquel entonces. Además, Motta no planeaba ponerle en el quinteto titular, y él no contemplaba otra cosa que no fuera ser el primero de la lista… en todo lo que hacía.

Después de su relación fallida con el profesionalismo, Pee Wee volvió a Nueva York para seguir desarrollando sus talentos y reinar en su manada. No renunció al baloncesto y formó equipo con otras estrellas de Milbank –Hammond, Eric Cobb…– para competir en las canchas de Rucker Park. Los tres veranos siguientes terminó como mayor anotador de una liga callejera que, en ese momento, contó con la participación de profesionales como Julius Erving, Charlie Scott y Tiny Archibald. “Fue el rival más duro al que me he enfrentado”, le elogió la leyenda de los Boston Celtics y campeón de la NBA en 1980.

“Era un jugador muy ágil, y siempre me preguntaba cómo es que vestía tan bien”, recordaba su excompañero Bernard Branch. Kirkland asistía a su cita con el asfalto y los aros metálicos con una pistola escondida en su bolso, que combinaba con largos abrigos, sombreros ladeados, cuellos de pico, colores chillones y su peinado afro de película, que todavía conserva intacto. “Muchos jugadores intentaron copiar su juego porque tenía la sustancia”, le elogió la revista SLAM hace unos cuantos veranos, en un especial sobre el baloncesto callejero y sus figuras. La substancia era aquella magia reservada a cuatro gatos tocados por la varita mágica, a los rebeldes de esa época callejera hoy altamente rememorada.

Con estas pintas, estaba cantado que Pee Wee era un gran jugador y algo más. En 1971, después de sus consecutivas exhibiciones de verano en Rucker Park, Red Holzman, entrenador de los New York Knicks, le invitó a probar con el equipo. A los pocos días de recibir esa oportunidad del vigente campeón de la NBA, la policía arrestó a Kirkland: conspiración, narcotráfico –su principal fuente de ingresos era la heroína–, tenencia ilícita de armas, evasión fiscal y obstrucción de la justicia. 15 años de sentencia y 10 cumplidos en total en el penal de Lewisburg.

Todo tiene que ver con el timing: treinta años atrás era parte del problema; treinta años después soy parte de la solución”.

Leyenda entre rejas

Kirkland salió de la cárcel renovado, no sin encontrar de nuevo en el baloncesto el hilo conductor de su historia. Entre barrotes montó un equipo que arrasó en la liga penitenciaria, y el tío apareció en las noticias de todo el país cuando su banda aplastó a un conjunto lituano por 228 a 47. ¿Es Kirkland otro Chamberlain?, se preguntaba el Philadelphia Inquirer. “Tiroteo en Lewisburg”, ironizaba el Washington Post. El ‘Al Capone del crossover’, como le bautizaron en la época, se fue hasta los 135 puntos. Un escándalo.

“Hablamos de uno de los más grandes jugadores anónimos de todos los tiempos, de un anotador compulsivo, un increíble dominador del balón que descubrió al mundo del baloncesto el ‘crossover-dribble’ como gesto técnico, igual que Pete Maravich hizo con el ‘behind-the-back-dribble’ o Earl Monroe con el ‘shake-and-bake’, pulsiones íntimas que sólo el paso del tiempo terminaría disociando de la pura galería”, reflexionaba el erudito Gonzalo Vázquez para ACB.com.

“Lo primero que hace la cárcel a un persona es hacerle sentirse un perdedor”, reflexiona Kirkland sobre su experiencia entre rejas. “Yo junté a trece tipos que no tenían confianza en sí mismo, ninguna esperanza de futuro, y les di algo por lo que luchar, algo de lo que sentirse orgullosos”. Así nació el Pee Wee que conocemos ahora, el tipo al que los alumnos llaman profesor y los jugadores entrenador. Desde que salió del penal en 1981, Kirkland se ha dedicado a corregir el rumbo de los jóvenes desorientados como mentor, preparador y motivador… de clínic en clínic, de aula en aula.

“Así se juega al baloncesto, un juego al que siempre gané; y así es como lidias con la vida, un juego que una vez perdí”. Ese es el mensaje que tiene grabado en su cabeza, la esencia de lo que les quiere transmitir a sus interlocutores, que le escuchan por motivos que él no rehusa o edulcora. “Mi pasado criminal es lo que más respetan”, explicaba en un perfil de ESPN. “No intento glorificar mis errores, pero por eso tengo su atención… cuando alguien ha estado en su posición y va a esos barrios y clarifica las consecuencias reales de ese estilo de vida, ese es un mensaje que escuchan”.

Las contradicciones del narco

Pee Wee vive rodeado por la contradicción. Los chavales, todo el mundo, parece glorificar en estos tiempos el estilo de vida de los gángsters. ¿Cómo explicar sino el boom de las series de televisión, el establecimiento de una cultura pop alrededor de tipos como Pablo Escobar o el crecimiento del hip-hop en su momento? “La cultura hip-hop lo controla todo” decía Kirkland en 2009. Hoy quizás sería otra evolución de la misma, o la cultura trapera en España, con una reflexión de fondo no muy distinta. “Todo es discutir y todo el mundo lleva pistolas porque es el mensaje que transmite la música. Los jóvenes no se lo piensan”. La contradicción es suya, de la sociedad y nuestra, ¿por qué estoy escribiendo una serie como los narcos y el balón? Nadie se salva.

Un tipo como Kirkland tiene respuesta para todo, incluso para mi última cavilación y sin que él jamás haya hablado conmigo. “Todo tiene que ver con el timing: treinta años atrás era parte del problema; treinta años después soy parte de la solución”. A Pee Wee se le ve muy cómodo en su papel de predicador y consejero aventajado, relajado con sí mismo y sin carga de conciencia, a pesar de que todavía hay muchos claroscuros sobre su vida. ¿Dónde está todo el dinero que no encontró la policía? ¿Por qué su madre acabó manchada por sus operaciones de lavado de dinero?

En varias entrevistas, Kirkland no ha dudado en callar como calló ante la policía. Jamás implicó a sus compinches, jamás contó todo el engranaje de sus operaciones a nadie. En un reportaje de VICE Sports le soltó al periodista que, si le diera respuesta a todas esas preguntas, acabaría en la tumba. Los interrogantes siguen pesando, y ahora quizás solo es cuestión de fe. Eso sí, es contundente respecto a su pasado como gángster: “Hacer lo malo es como esa vieja expresión… No puedes seguir haciendo la misma mierda y esperar diferentes resultados. La mierda es mierda, y huele a mierda. Eso no va a cambiar, confía en mí”.

Pee Wee Kirkland eligió mal en la vida, posteriormente corrigió su camino y, finalmente, quedará como una de las grandes leyendas anónimas de la historia del baloncesto. Una leyenda, como cantaban los Clipse en Grindin’, en dos juegos.

Este artículo forma parte de la serie escrita para VICE en 2017 sobre la relación entre el narcotráfico y el deporte, que ahora centramos en la convulsa historia que entrelaza el baloncesto, la droga y la cultura NBA.