The Gasol Brothers – Outsiders NBA 2×18

Gasol-Brothers-Smile

Hermanos y estrellas, deportistas que lideran con su ejemplo. Los hermanos Gasol, Pau y Marc, han impactado en la vida de muchas personas, ciudades y organizaciones gracias a que son muy buenos metiendo la pelota en la canasta, pero por encima de eso, a que siempre se han mantenido fieles a una línea de pensamiento humilde y humana. El fenómeno Gasol Brothers ha llegado a todos los rincones del planeta.

Barcelona, Girona, Memphis, Los Angeles, Chicago, San Antonio y, ahora, Toronto y Milwaukee. No hay ciudad donde Pau y Marc no hayan dejado huella. ¿Cuántos hermanos hay en el deporte de élite que hayan conseguido semejante éxito y encima usen su voz en reivindicaciones sociales?

Joe Ingles y el éxito de ser rechazado [en Skyhook Magazine]

Joe Ingles con los Utah Jazz

Joe Ingles es un tipo sencillo, un australiano sureño que ha superado muchas barreras de expectativas en su carrera como jugador de baloncesto profesional. Primero con el Barcelona y ahora con los Utah Jazz, titular en uno de los equipos más dinámicos de la NBA actual, Joe Ingles sirve como ejemplo para quienes temen el fracaso. Esta es la historia de cómo pasó de no tener trabajo en Los Angeles a, en cuestión de años, convertirse en unos de los jugadores de moda de la liga estadounidense.

Hey cariño, no tengo trabajo. ¿Qué quieres hacer?”

Así recibió Joe Ingles a su esposa cuando esta aterrizó en Los Ángeles. Cuando Renae subió al avión en Australia, Joe era jugador de Los Angeles Clippers; a su llegada, 14 horas después, el alero australiano estaba de vacaciones. El buen humor con el que le comunicó el mazazo a su mujer explica muy bien por qué está de moda ser Joe Ingles.

En una época donde triunfa la extravagancia, Joe representa todo lo que sobre el papel ya no se lleva. Ingles, tras cinco años en la liga, todavía llega al pabellón con un jersey de los Jazz, unos tejanos y unas Converse negras.  “A mi me gustan mis zapas, no me vas a ver en esas cuentas de Instagram que recopilan los mejores looks del día. Me compro diez pares de Chucks negras [en referencia al clásico modelo de Converse Chuck Taylor’s] y tiro hasta que las gasto. Entonces pido 10 más y listos”, explicaba hace poco en el podcast que le dedicó el prestigioso periodista Adrian Wojnarowski…

[Lee el artículo completo en Skyhook Basketball Magazine]

Ni Jordan ni LeBron, Pete Maravich

[vc_row unlock_row=»» row_height_percent=»0″ override_padding=»yes» h_padding=»2″ top_padding=»2″ bottom_padding=»2″ overlay_alpha=»50″ gutter_size=»3″ column_width_percent=»100″ shift_y=»0″ z_index=»0″ row_height_use_pixel=»» shape_dividers=»»][vc_column column_width_use_pixel=»yes» font_family=»font-134980″ overlay_alpha=»50″ gutter_size=»3″ medium_width=»0″ shift_x=»0″ shift_y=»0″ z_index=»0″ zoom_width=»0″ zoom_height=»0″ column_width_pixel=»800″][vc_column_text text_lead=»yes»]Ni Michael Jordan ni LeBron James. Pete Maravich debería haber sido el mejor jugador de baloncesto de todos los tiempos, pero no lo fue y nunca lo será. Pistol Pete fue un visionario, un chaval tocado por la varita mágica que revolucionó el deporte de la canasta en los setenta. Si hubiera jugado en nuestros tiempos, sería trending topic a diario y el sujeto de incontables recopilaciones de Youtube, pero él no encontró su MTV, como Madonna, o los tabloides, como Donald Trump.

Pete fue una mezcla de Stephen Curry y J.R. Smith, pero lo fue demasiado pronto. Su talento prodigioso, combinado con su tendencia a la autodestrucción, le convirtieron en un jugador incomprendido. Todo ello, combinado con su afición por los extraterrestres, la bebida y Jesucristo, le convirtieron en el juguete roto por antonomasia.

En medio de una pachanga de baloncesto, de la misma manera en que empezó todo, un ataque de corazón se lo llevó con solo 40 años, un final trágico que desafortunadamente parecía escrito a medida. Nueve meses antes de su muerte, a Pete se le había roto el alma con la pérdida de su padre, Press, el hombre que explica su brillante carrera profesional y también su ruina personal.[/vc_column_text][/vc_column][/vc_row][vc_row unlock_row_content=»yes» row_height_percent=»0″ overlay_alpha=»50″ gutter_size=»1″ column_width_percent=»100″ shift_y=»0″ z_index=»0″ shape_dividers=»»][vc_column column_width_percent=»100″ overlay_alpha=»50″ gutter_size=»0″ desktop_visibility=»yes» medium_visibility=»yes» medium_width=»0″ mobile_width=»0″ shift_x=»0″ shift_y=»0″ shift_y_down=»0″ z_index=»0″ width=»1/1″][vc_single_image media=»73198″ media_width_percent=»100″][/vc_column][/vc_row][vc_row unlock_row_content=»yes» row_height_percent=»50″ override_padding=»yes» h_padding=»0″ top_padding=»0″ bottom_padding=»0″ back_color=»color-lxmt» overlay_alpha=»50″ equal_height=»yes» gutter_size=»0″ shift_y=»0″ row_height_use_pixel=»»][vc_column column_width_percent=»70″ position_vertical=»middle» override_padding=»yes» column_padding=»5″ overlay_alpha=»50″ gutter_size=»3″ medium_width=»0″ shift_x=»0″ shift_y=»0″ zoom_width=»0″ zoom_height=»0″ width=»1/2″][vc_custom_heading text_size=»h1″ text_height=»fontheight-357766″ text_font=»font-202503″ sub_lead=»yes» sub_reduced=»yes» text_uppercase=»» subheading=»— Press Maravich»]Tiene más presión que cualquier otro chico en toda América[/vc_custom_heading][/vc_column][vc_column column_width_percent=»100″ override_padding=»yes» column_padding=»0″ back_color=»color-wayh» back_image=»73198″ overlay_alpha=»0″ gutter_size=»3″ medium_width=»0″ mobile_width=»0″ shift_x=»0″ shift_y=»0″ shift_y_down=»0″ z_index=»0″ zoom_width=»0″ zoom_height=»0″ width=»1/2″][/vc_column][/vc_row][vc_row unlock_row=»» row_height_percent=»0″ override_padding=»yes» h_padding=»2″ top_padding=»2″ bottom_padding=»2″ overlay_alpha=»50″ gutter_size=»3″ column_width_percent=»100″ shift_y=»0″ z_index=»0″ row_height_use_pixel=»» shape_dividers=»»][vc_column column_width_use_pixel=»yes» font_family=»font-134980″ overlay_alpha=»50″ gutter_size=»3″ medium_width=»0″ shift_x=»0″ shift_y=»0″ zoom_width=»0″ zoom_height=»0″ column_width_pixel=»800″][vc_custom_heading text_font=»font-762333″ text_uppercase=»»]En el nombre del padre[/vc_custom_heading][vc_column_text text_lead=»yes»]Press Maravich, hijo de inmigrantes serbios, vio su sueño de jugar a baloncesto roto poco antes del nacimiento de su primer hijo, Pete. Como otros muchos padres, no tardó demasiado en volcar todas sus aspiraciones vitales en su primogénito. Entrenado en la disciplina militar, Press se convirtió en un (magnífico) entrenador de baloncesto obsesivo y controlador y también se consumó como un malísimo jugador de póker.

Desde muy pequeño, Pete mostró unas habilidades sobrenaturales con la naranja, que no hicieron más que acrecentarse con las dementes rutinas de manejo de balón que le obligaba a realizar su padre. Ese niño botaba el balón en medio del cine e incluso desde la ventanilla de un coche en marcha, y más adelante en su trayectoria Pete reconoció que en su juventud se convirtió en un «androide del baloncesto».

Así, con el GPS mental programado rumbo a la fama, Pete fue creciendo a un ritmo despampanante. Todo el día pensaba en la canasta, y en el instituto se pasaba horas y horas estudiando a las estrellas del momento —nombres de calado como Oscar Robertson y Jerry West—. Eso sí, cuando se imaginaba a sí mismo en los momentos decisivos de un partido apretado, él no era ni Oscar ni Jerry, él era Pete Maravich.

En su etapa preuniversitaria, Pete ya atemorizaba a los rivales con actuaciones de más de 40 puntos, pero a la vez empezó a desarrollar los malos hábitos que convertirían su biografía en una tragedia. Lo primero es que no sabía decir basta, y por lo tanto entrenaba hasta que le sangraban las palmas y jugaba partidos lesionado; como su padre, era un adicto y un obseso, así que cualquier cosa que se proponía la hacía a lo grande.

Lo segundo es que si sus compañeros de equipo se bebían tres cervezas, él se tomaba ocho en el mismo rato y acababa metido en una pelea; de momento, todo eso se compensaba —a pesar de las resacas— con sus exhibiciones sobre la pista. Con menos de 18 años, esta era su frenética vida.[/vc_column_text][/vc_column][/vc_row][vc_row unlock_row_content=»yes» row_height_percent=»0″ overlay_alpha=»50″ gutter_size=»1″ column_width_percent=»100″ shift_y=»0″ z_index=»0″ shape_dividers=»»][vc_column column_width_percent=»100″ overlay_alpha=»50″ gutter_size=»0″ medium_width=»0″ mobile_width=»0″ shift_x=»0″ shift_y=»0″ shift_y_down=»0″ z_index=»0″ width=»1/1″][vc_single_image media=»73194″ media_width_percent=»100″][/vc_column][/vc_row][vc_row unlock_row=»» row_height_percent=»0″ override_padding=»yes» h_padding=»2″ top_padding=»2″ bottom_padding=»2″ overlay_alpha=»50″ gutter_size=»3″ column_width_percent=»100″ shift_y=»0″ z_index=»0″ row_height_use_pixel=»» shape_dividers=»»][vc_column column_width_use_pixel=»yes» font_family=»font-134980″ overlay_alpha=»50″ gutter_size=»3″ medium_width=»0″ shift_x=»0″ shift_y=»0″ zoom_width=»0″ zoom_height=»0″ column_width_pixel=»800″][vc_custom_heading text_font=»font-762333″ text_uppercase=»»]Pistol[/vc_custom_heading][vc_column_text text_lead=»yes»]Tras pasar su etapa en el instituto alejado de su padre, este obligó a Pete a unirse a su proyecto con los LSU Tigers de la Louisiana State University. En gran parte, Press utilizó el reclamo de llevar consigo a su hijo para conseguir el puesto de entrenador. Las expectativas eran muy altas, y a ese adolescente con peinado beatle-esco ya le llamaban un Globetrotter desteñido. Evidentemente, ni los más osados podían haber pronosticado lo que venía a continuación.

Pistol Pete —el apodo y el mito— nació de esa etapa universitaria. En LSU, un equipo corto de estatura y experiencia, el solista en medio de la orquesta que era Maravich brilló más que nunca. En sus cuatro años colegiales promedió unos números de escándalo: 44,2 puntos de media que acompañó de 6,5 rebotes y 5,1 asistencias de media. Estas cifras, de hecho, son más increíbles cuando te acuerdas de que en esa época no existía la línea de tres, y si le llamaban Pistol era precisamente por disparar desde cualquier distancia.

En toda la historia de la NCAA, nadie ha superado los 3 667 puntos totales que anotó Maravich entre 1967 y 1970. Cuando metía solo 40, el tío declaraba a los medios que estaba «de bajón», y lo relevante es que no estaba bromeando. Pete era un perfeccionista que nunca se daba por satisfecho. Él solo cargó con el peso del equipo, y su padre lo sabía muy bien —»tiene más presión que cualquier otro chico en toda América»—, pero tampoco le importaba.

Cuando superó el récord de anotación de Oscar Robertson, aunque él no lo sabía, Pete había alcanzado su cumbre deportiva. Poco después su padre dictaría sentencia antes de que su hijo diera el salto a la NBA: «es el mejor jodido jugador de baloncesto que jamás he visto».[/vc_column_text][/vc_column][/vc_row][vc_row row_height_percent=»65″ override_padding=»yes» h_padding=»2″ top_padding=»0″ bottom_padding=»0″ back_color=»color-wayh» back_image=»73195″ back_position=»center center» parallax=»yes» overlay_color=»color-wayh» overlay_alpha=»25″ gutter_size=»3″ column_width_percent=»100″ shift_y=»0″ z_index=»0″ row_height_use_pixel=»»][vc_column column_width_percent=»100″ position_vertical=»middle» align_horizontal=»align_center» override_padding=»yes» column_padding=»2″ style=»dark» overlay_alpha=»50″ gutter_size=»3″ medium_width=»0″ shift_x=»0″ shift_y=»0″ zoom_width=»0″ zoom_height=»0″ width=»1/1″][vc_custom_heading heading_semantic=»h1″ text_size=»fontsize-155944″ text_height=»fontheight-357766″ text_font=»font-202503″ sub_lead=»yes» sub_reduced=»yes» text_uppercase=»» subheading=»— The Daily News»]Se pone el listón demasiado alto; ni él ni nadie podrían alcanzarlo jamás[/vc_custom_heading][/vc_column][/vc_row][vc_row unlock_row=»» row_height_percent=»0″ override_padding=»yes» h_padding=»2″ top_padding=»2″ bottom_padding=»2″ overlay_alpha=»50″ gutter_size=»3″ column_width_percent=»100″ shift_y=»0″ z_index=»0″ row_height_use_pixel=»» shape_dividers=»»][vc_column column_width_use_pixel=»yes» font_family=»font-134980″ overlay_alpha=»50″ gutter_size=»3″ medium_width=»0″ shift_x=»0″ shift_y=»0″ zoom_width=»0″ zoom_height=»0″ column_width_pixel=»800″][vc_custom_heading text_font=»font-762333″ text_uppercase=»»]El perfeccionista imperfecto[/vc_custom_heading][vc_column_text text_lead=»yes»]Incluso antes de alcanzar la NBA, varios analistas de la época ya intuían los problemas del chico maravilla. Especialmente atinado fue el análisis de Gene Ward, de The Daily News: «Es un perfeccionista que nunca conseguirá la perfección. Se pone el listón demasiado alto; ni él ni nadie podrían alcanzarlo jamás, ya que es, antes que nada, un innovador».

En 1970, el niño prodigio abandonó el paraguas paterno y firmó el mejor contrato de la historia de la NBA —en ese momento— con los Atlanta Hawks. Allí, rodeado de jugadores negros, volvió a sumar otro elemento de presión a su ya pesada mochila vital. Era, como en su momento lo fue Jerry West, la gran esperanza blanca de un deporte eminentemente afroamericano.

La NBA era, por entonces, un espectáculo mucho más frío y conservador. El showtime, popularizado por Los Angeles Lakers de principios de los ochenta fue, en realidad, una invención de Pete y Press para arrancar sus curiosas rutinas de calentamiento. «Él era el verdadero showtime», les comentó Magic Johnson a los hijos del jugador tras su fallecimiento.

En los setenta, sin embargo, todas las filigranas de Pete era vistas como un elemento improductivo y, sobre todo, innecesario.[/vc_column_text][/vc_column][/vc_row][vc_row unlock_row_content=»yes» row_height_percent=»0″ overlay_alpha=»50″ gutter_size=»3″ column_width_percent=»100″ shift_y=»0″ z_index=»0″][vc_column column_width_percent=»100″ overlay_alpha=»50″ gutter_size=»0″ medium_width=»0″ mobile_width=»0″ shift_x=»0″ shift_y=»0″ shift_y_down=»0″ z_index=»0″ width=»1/1″][vc_single_image media=»73197″ media_width_percent=»100″][/vc_column][/vc_row][vc_row unlock_row=»» row_height_percent=»0″ override_padding=»yes» h_padding=»2″ top_padding=»2″ bottom_padding=»2″ overlay_alpha=»50″ gutter_size=»3″ column_width_percent=»100″ shift_y=»0″ z_index=»0″ row_height_use_pixel=»» shape_dividers=»»][vc_column column_width_use_pixel=»yes» font_family=»font-134980″ overlay_alpha=»50″ gutter_size=»3″ medium_width=»0″ shift_x=»0″ shift_y=»0″ zoom_width=»0″ zoom_height=»0″ column_width_pixel=»800″][vc_column_text text_lead=»yes»]La derrota persiguió a Pistol también en su etapa profesional. Mientras él producía individualmente a un magnífico nivel, sus equipos nunca terminaban de despegar. Ante esta disyuntiva, Maravich se entregaba a la otra competición de su vida: la bebida. Algunos excompañeros le definieron como una esponja; lo que todos tenían claro es que el tío llevaba la cuenta de copas igual que la de los puntos, y que lo raro era cuando no se pillaba un pedo del copón antes de los partidos.

Tras cuatro temporadas en Atlanta, los New Orleans Jazz le reclutaron como estrella de su nuevo equipo de expansión. «Algo dentro de mi me decía que todavía tenía que superar cualquier cosa que hubiera hecho en el pasado. Pensé que la única manera de continuar siendo aceptado por el público era anotar 68 puntos noche tras noche», escribió en su autobiografía el jugador.

Se refería a su gran noche en el Madison Square Garden, el 25 de febrero de 1977. Pistol disparó 68 puntazos en el coliseo de los New York Knicks en una época en que solo Wilt Chamberlain y Elgin Baylor habían conseguido exhibiciones comparables. Era una ironía, pero toda la pasión y exaltación que él traía a las gradas le provocaban estrés y miseria. Le quedaban pocos años en la NBA, y nunca consiguió traducir sus dotes individuales en triunfos colectivos.

La puntilla fue su última etapa con los Boston Celtics, donde se acercó más que nunca al anillo que hubiera curado todas sus heridas —y lesiones, que en muchas ocasiones cortaron en seco sus mejores años. Tras quedarse a las puertas de la gran final, Pistol se retiró por un problema crónico en la rodilla en 1980. Al año siguiente, un tal Larry Bird y sus Celtics se harían con el título. Perdedor.[/vc_column_text][/vc_column][/vc_row][vc_row unlock_row_content=»yes» row_height_percent=»0″ overlay_alpha=»50″ gutter_size=»1″ column_width_percent=»100″ shift_y=»0″ z_index=»0″ shape_dividers=»»][vc_column column_width_percent=»100″ overlay_alpha=»50″ gutter_size=»0″ desktop_visibility=»yes» medium_visibility=»yes» medium_width=»0″ mobile_width=»0″ shift_x=»0″ shift_y=»0″ shift_y_down=»0″ z_index=»0″ width=»1/1″][vc_single_image media=»73196″ media_width_percent=»100″][/vc_column][/vc_row][vc_row unlock_row_content=»yes» row_height_percent=»50″ override_padding=»yes» h_padding=»0″ top_padding=»0″ bottom_padding=»0″ back_color=»color-lxmt» overlay_alpha=»50″ equal_height=»yes» gutter_size=»0″ shift_y=»0″ row_height_use_pixel=»»][vc_column column_width_percent=»100″ override_padding=»yes» column_padding=»0″ back_color=»color-wayh» back_image=»73196″ back_position=»center top» parallax=»yes» overlay_alpha=»0″ gutter_size=»3″ medium_width=»0″ mobile_width=»0″ shift_x=»0″ shift_y=»0″ shift_y_down=»0″ z_index=»0″ zoom_width=»0″ zoom_height=»0″ width=»1/2″][/vc_column][vc_column column_width_percent=»70″ position_vertical=»middle» override_padding=»yes» column_padding=»5″ overlay_alpha=»50″ gutter_size=»3″ medium_width=»0″ shift_x=»0″ shift_y=»0″ zoom_width=»0″ zoom_height=»0″ width=»1/2″][vc_custom_heading text_size=»h1″ text_height=»fontheight-357766″ text_font=»font-202503″ sub_lead=»yes» sub_reduced=»yes» text_uppercase=»» subheading=»— Pete Maravich»]Pensé que la única manera de continuar siendo aceptado por el público era anotar 68 puntos noche tras noche[/vc_custom_heading][/vc_column][/vc_row][vc_row unlock_row=»» row_height_percent=»0″ override_padding=»yes» h_padding=»2″ top_padding=»2″ bottom_padding=»2″ overlay_alpha=»50″ gutter_size=»3″ column_width_percent=»100″ shift_y=»0″ z_index=»0″ row_height_use_pixel=»» shape_dividers=»»][vc_column column_width_use_pixel=»yes» font_family=»font-134980″ overlay_alpha=»50″ gutter_size=»3″ medium_width=»0″ shift_x=»0″ shift_y=»0″ zoom_width=»0″ zoom_height=»0″ column_width_pixel=»800″][vc_custom_heading text_font=»font-762333″ text_uppercase=»»]Ovnis y zumos naturales[/vc_custom_heading][vc_column_text text_lead=»yes»]Para ahogar sus penas, Pete recurría a cualquier método. La bebida fue el más recurrente, pero Maravich también se pasó a la dieta vegetariana—en una ocasión pasó 25 días sin comer nada más que zumos naturales— y buscó respuestas en la ovnilogía. Entre otras excentricidades, pintó un mensaje dirigido a los extraterrestres en el tejado de su casa: TAKE ME, llevadme.

A pesar de encontrar un refugio terrenal en su esposa y dos hijos, Pete siguió muy vinculado a un sufrimiento más profundo, sus padres. Helen, su madre, se había suicidado en 1974 víctima del alcoholismo y la depresión. Después de su retirada, Maravich fantaseó en más de una ocasión con el suicidio. Por las noches no dormía, y se levantaba con las sábanas mojadas pensando en meter su Porsche a 200 por hora en el centro.[/vc_column_text][/vc_column][/vc_row][vc_row unlock_row_content=»yes» row_height_percent=»0″ overlay_alpha=»50″ gutter_size=»3″ column_width_percent=»100″ shift_y=»0″ z_index=»0″][vc_column column_width_percent=»100″ overlay_alpha=»50″ gutter_size=»0″ medium_width=»0″ mobile_width=»0″ shift_x=»0″ shift_y=»0″ shift_y_down=»0″ z_index=»0″ width=»1/1″][vc_single_image media=»73207″ media_width_percent=»100″][/vc_column][/vc_row][vc_row unlock_row=»» row_height_percent=»0″ override_padding=»yes» h_padding=»2″ top_padding=»2″ bottom_padding=»2″ overlay_alpha=»50″ gutter_size=»3″ column_width_percent=»100″ shift_y=»0″ z_index=»0″ row_height_use_pixel=»» shape_dividers=»»][vc_column column_width_use_pixel=»yes» font_family=»font-134980″ overlay_alpha=»50″ gutter_size=»3″ medium_width=»0″ shift_x=»0″ shift_y=»0″ zoom_width=»0″ zoom_height=»0″ column_width_pixel=»800″][vc_column_text text_lead=»yes»]Sin el baloncesto, a Pete le costó encontrar motivos para seguir viviendo. Su aspecto se ensombreció, y ese guaperas con pintas de estrella de rock se quedó en una figura escuálida que miraba a su alrededor con los ojos vacíos. Cuando a su padre le diagnosticaron cáncer, todo dejó de tener sentido.

A Pete le costó soltar el cuerpo inerte de Press en el hospital. Su esposa Jackie recuerda que, cuando lo hizo, susurró un premonitorio «te veré pronto». A pesar de abrazar la religión cristiana con mucho fervor —y abandonar por fin su alcoholismo depresivo—, Pete Press Maravich fallecía nueve meses después a causa de un ataque cardíaco.

Quizás sea cierto que un corazón roto puede matar.[/vc_column_text][vc_column_text text_lead=»yes»]Sigue al autor en Twitter: @GuilleAlvarez41

Este relato se ha basado en el libro biográfico Pistol. La increíble historia de Pete Maravichde Mark Kriegel. Fotografías cedidas por Editorial Contra / Agencias.

Este artículo fue publicado originalmente en VICE Sports España.[/vc_column_text][/vc_column][/vc_row]

The Cold North – Outsiders NBA 2×15

Carter y McGrady con los Toronto Raptors

La NBA es una liga de Estados Unidos y, como tal, hace gala de ser todo lo yanqui que pueda. Es el orgullo de una nación, considerada en muchos rincones del mundo como la mejor competición deportiva del planeta. En este contexto, una franquicia foránea sobrevive y gana adeptos con el paso de los años: sí, lo habéis adivinado, hoy toca hablar del frío norte, el Cold North de los Toronto Raptors que nos traen los Outsiders NBA.

En Canadá, hace varios años que se fragua un proyecto que aspira al título. Los Raptors han sido siempre una franquicia internacional, la que más españoles ha albergado y a la que acaba de aterrizar Marc Gasol. En un país helado, los Raptors han calentado el corazón de la afición y convertido en el baloncesto en un deporte a la altura del hockey sobre hielo, la auténtica seña de identidad del país de la hoja de arce.

Las lágrimas de Rudy Gobert y los machitos en la NBA

[vc_row][vc_column column_width_use_pixel=»yes» overlay_alpha=»50″ gutter_size=»3″ medium_width=»0″ mobile_width=»0″ shift_x=»0″ shift_y=»0″ z_index=»0″ width=»1/1″ column_width_pixel=»875″][vc_column_text css=».vc_custom_1549382612680{margin-top: 0px !important;margin-right: 0px !important;margin-bottom: 0px !important;margin-left: 0px !important;padding-top: 0px !important;padding-right: 0px !important;padding-bottom: 0px !important;padding-left: 0px !important;}»]Es una pena tener que hablar de algo tan natural como el llanto de Rudy Gobert cuando reflexionaba con los periodistas sobre su no elección para el All Star de la NBA. En 2019, en una liga que presume de ser la más avanzada en términos de implicación social y que además ha hecho grandes pasos respecto a la salud mental de sus jugadores, todavía hay jugadores que no entienden del todo bien en qué siglo viven.

La pasada semana, Gobert conoció que no había sido elegido como jugador reserva en el All Star que se disputará Charlotte entre el 15 y el 17 de febrero. Su reacción, además de la lógica frustración por no haber conseguido el codiciado premio en su mejor temporada en la liga, fue la de llorar de impotencia cuando recordó la llamada de su madre, indignada y preocupada, tras la decisión de los entrenadores de no incluirle en la lista definitiva.

Muchos compañeros de Gobert se solidarizaron con el pívot de los Utah Jazz, y criticaron a la liga por no valorar los méritos del mejor jugador defensivo del momento. Hasta aquí, todo bien. Una decisión polémica, criticable y nada más. El problema fue cuando aparecieron los machitos de la liga para burlarse de la reacción del francés.[/vc_column_text][/vc_column][/vc_row][vc_row unlock_row_content=»yes» row_height_percent=»0″ overlay_alpha=»50″ gutter_size=»3″ shift_y=»0″][vc_column column_width_percent=»100″ overlay_alpha=»50″ gutter_size=»0″ medium_width=»0″ mobile_width=»0″ shift_x=»0″ shift_y=»0″ z_index=»0″ width=»1/1″][vc_gallery el_id=»gallery-155591″ isotope_mode=»packery» medias=»74903″ gutter_size=»3″ media_items=»media|lightbox|original,icon,caption» screen_lg=»1000″ screen_md=»600″ screen_sm=»480″ single_width=»12″ single_overlay_opacity=»11″ single_padding=»2″ single_text_reduced=»yes» lbox_caption=»yes» lbox_social=»yes» items=»eyI1NzI1MV9pIjp7InNpbmdsZV93aWR0aCI6IjEyIn0sIjU3MjYxX2kiOnsic2luZ2xlX3dpZHRoIjoiNiJ9LCI1NzgxNl9pIjp7InNpbmdsZV93aWR0aCI6IjEyIn0sIjU3ODk2X2kiOnsic2luZ2xlX3dpZHRoIjoiNCJ9LCI1Nzg5NV9pIjp7InNpbmdsZV93aWR0aCI6IjQifSwiNTc4OTRfaSI6eyJzaW5nbGVfd2lkdGgiOiI0In19″][/vc_column][/vc_row][vc_row][vc_column column_width_use_pixel=»yes» overlay_alpha=»50″ gutter_size=»3″ medium_width=»0″ mobile_width=»0″ shift_x=»0″ shift_y=»0″ z_index=»0″ width=»1/1″ column_width_pixel=»875″][vc_column_text css=».vc_custom_1549383909590{margin-top: 0px !important;margin-right: 0px !important;margin-bottom: 0px !important;margin-left: 0px !important;padding-top: 0px !important;padding-right: 0px !important;padding-bottom: 0px !important;padding-left: 0px !important;}»]

El mal ejemplo de los campeones

Abrieron fuego dos miembros de los Golden State Warriors. Draymond Green y Andre Iguodala tuitearon el mismo día y a la misma hora. “Supongo que yo también debería llorar… ¿no Charlotte?”, disparó Green. Iggy no se cortó tampoco: “¿Ha ido a llorar al coche?” Green, que de luces tiene pocas, se olvidó que él también lloró (detrás de las cámaras) cuando fue seleccionado por primera vez a la gran cita festiva de la liga.[/vc_column_text][vc_gallery el_id=»gallery-155591″ isotope_mode=»packery» medias=»74904″ gutter_size=»3″ media_items=»media|lightbox|original,icon,caption» screen_lg=»1000″ screen_md=»600″ screen_sm=»480″ single_width=»12″ single_overlay_opacity=»11″ single_padding=»2″ single_text_reduced=»yes» lbox_caption=»yes» lbox_social=»yes» items=»eyI1NzI1MV9pIjp7InNpbmdsZV93aWR0aCI6IjEyIn0sIjU3MjYxX2kiOnsic2luZ2xlX3dpZHRoIjoiNiJ9LCI1NzgxNl9pIjp7InNpbmdsZV93aWR0aCI6IjEyIn0sIjU3ODk2X2kiOnsic2luZ2xlX3dpZHRoIjoiNCJ9LCI1Nzg5NV9pIjp7InNpbmdsZV93aWR0aCI6IjQifSwiNTc4OTRfaSI6eyJzaW5nbGVfd2lkdGgiOiI0In19″][vc_gallery el_id=»gallery-155591″ isotope_mode=»packery» medias=»74907″ gutter_size=»3″ media_items=»media|lightbox|original,icon,caption» screen_lg=»1000″ screen_md=»600″ screen_sm=»480″ single_width=»12″ single_overlay_opacity=»11″ single_padding=»2″ single_text_reduced=»yes» lbox_caption=»yes» lbox_social=»yes» items=»eyI1NzI1MV9pIjp7InNpbmdsZV93aWR0aCI6IjEyIn0sIjU3MjYxX2kiOnsic2luZ2xlX3dpZHRoIjoiNiJ9LCI1NzgxNl9pIjp7InNpbmdsZV93aWR0aCI6IjEyIn0sIjU3ODk2X2kiOnsic2luZ2xlX3dpZHRoIjoiNCJ9LCI1Nzg5NV9pIjp7InNpbmdsZV93aWR0aCI6IjQifSwiNTc4OTRfaSI6eyJzaW5nbGVfd2lkdGgiOiI0In19″][vc_column_text css=».vc_custom_1549382939566{margin-top: 0px !important;margin-right: 0px !important;margin-bottom: 0px !important;margin-left: 0px !important;padding-top: 0px !important;padding-right: 0px !important;padding-bottom: 0px !important;padding-left: 0px !important;}»]O quizás no se olvidó, y simplemente es un tipo sexista que piensa que llorar es de maricas, o cualquier bobada similar. “Sabía que estaba delante de las cámaras, y no querían que me mataran en Instagram, poniéndome cara de llorón en vez del Jordan Hall of Fame”, reconoció tras su elección en 2016.[/vc_column_text][/vc_column][/vc_row][vc_row][vc_column column_width_use_pixel=»yes» overlay_alpha=»50″ gutter_size=»3″ medium_width=»0″ mobile_width=»0″ shift_x=»0″ shift_y=»0″ z_index=»0″ width=»1/1″ column_width_pixel=»875″][vc_column_text css=».vc_custom_1549382993859{margin-top: 0px !important;margin-right: 0px !important;margin-bottom: 0px !important;margin-left: 0px !important;padding-top: 0px !important;padding-right: 0px !important;padding-bottom: 0px !important;padding-left: 0px !important;}»]Otro que mostró memoria selectiva fue Isaiah Thomas, que añadió un tuit con sorna: “Vamos familia, que ya somos muy grandes como para estar llorando así…” Hace menos de un año, Isaiah mostraba sus emociones en una carta dirigida a su madre. ¿Para qué iba a burlarse ahora? El jugador se disculpó a través de Twitter apenas una hora después de disparar su tuit, uno que al menos vio que quizás había patinado.[/vc_column_text][vc_gallery el_id=»gallery-159387″ medias=»74910″ gutter_size=»3″ screen_lg=»1000″ screen_md=»600″ screen_sm=»480″ single_width=»12″ single_overlay_opacity=»10″ single_padding=»2″ lbox_caption=»yes» lbox_social=»yes» items=»eyI1NzI1MF9pIjp7InNpbmdsZV93aWR0aCI6IjYifSwiNTcyNDhfaSI6eyJzaW5nbGVfd2lkdGgiOiI2In0sIjU3ODIwX2kiOnsic2luZ2xlX3dpZHRoIjoiNiJ9LCI1NzgxOV9pIjp7InNpbmdsZV93aWR0aCI6IjYifSwiNzMzODZfaSI6eyJzaW5nbGVfd2lkdGgiOiIxMiJ9LCI3MzM4Ml9pIjp7InNpbmdsZV93aWR0aCI6IjUifX0=»][/vc_column][/vc_row][vc_row][vc_column column_width_use_pixel=»yes» overlay_alpha=»50″ gutter_size=»3″ medium_width=»0″ mobile_width=»0″ shift_x=»0″ shift_y=»0″ z_index=»0″ width=»1/1″ column_width_pixel=»875″][vc_column_text css=».vc_custom_1549383385035{margin-top: 0px !important;margin-right: 0px !important;margin-bottom: 0px !important;margin-left: 0px !important;padding-top: 0px !important;padding-right: 0px !important;padding-bottom: 0px !important;padding-left: 0px !important;}»]Quien tampoco se enteró de nada fue otro machote y de los buenos. Shaquille O’Neal le soltó lo siguiente: “Sé un hombre, en el baloncesto no hay lloros”. Ah, la eterna justificación de lo que debe ser un hombre y lo que no.

Si hay gente con más criterio en los vestuarios –que la hay–, esperemos que les recomienden a sus machitos que se callen la boca y hablen en la pista, y que dejen de decir burradas por las redes sociales o enseñar la minga en Snapchat, como bien le contestó Gobert al payasete de Green para callarle la boca.

En el deporte, donde muchos ponen el foco de atención en cualquier tontería, actitudes como la de negar el llanto a una persona deberían estar completamente censuradas. Incluso penalizadas, si se quiere mandar un mensaje tajante contra estos comentarios de raíz sexista y mentalidad cerrada. A Green, Iggy, Shaq –y tantos otros que esta vez callaron– es mejor ignorarlos.

No hay masculinidad o feminidad que se esconda detrás del acto de llorar. Lo que hay detrás, en todo caso, es un acto de humanidad. Y los deportistas son personas, como todos nosotros.[/vc_column_text][vc_gallery el_id=»gallery-159387″ medias=»74911″ gutter_size=»3″ screen_lg=»1000″ screen_md=»600″ screen_sm=»480″ single_width=»12″ single_overlay_opacity=»10″ single_padding=»2″ lbox_caption=»yes» lbox_social=»yes» items=»eyI1NzI1MF9pIjp7InNpbmdsZV93aWR0aCI6IjYifSwiNTcyNDhfaSI6eyJzaW5nbGVfd2lkdGgiOiI2In0sIjU3ODIwX2kiOnsic2luZ2xlX3dpZHRoIjoiNiJ9LCI1NzgxOV9pIjp7InNpbmdsZV93aWR0aCI6IjYifSwiNzMzODZfaSI6eyJzaW5nbGVfd2lkdGgiOiIxMiJ9LCI3MzM4Ml9pIjp7InNpbmdsZV93aWR0aCI6IjUifX0=»][/vc_column][/vc_row][vc_row][vc_column column_width_percent=»100″ align_horizontal=»align_center» overlay_alpha=»50″ gutter_size=»3″ medium_width=»0″ mobile_width=»0″ shift_x=»0″ shift_y=»0″ z_index=»0″ width=»1/2″][vc_button button_color=»color-vyce» radius=»btn-round» border_width=»0″ display=»inline» link=»url:http%3A%2F%2Ftwitter.com%2Fguillealvarez41||target:%20_blank|» icon=»fa fa-twitter» rel=»center»]Sigue al autor en Twitter[/vc_button][/vc_column][vc_column column_width_percent=»100″ align_horizontal=»align_center» overlay_alpha=»50″ gutter_size=»3″ medium_width=»0″ mobile_width=»0″ shift_x=»0″ shift_y=»0″ z_index=»0″ width=»1/2″][vc_button button_color=»accent» radius=»btn-round» border_width=»0″ display=»inline» link=»url:http%3A%2F%2Ftwitter.com%2Fnbaesp||target:%20_blank|» icon=»fa fa-twitter» rel=»center»]Siguenos en nuestras redes[/vc_button][/vc_column][/vc_row][vc_row unlock_row_content=»yes» row_height_percent=»0″ overlay_alpha=»50″ gutter_size=»3″ shift_y=»0″][vc_column column_width_percent=»100″ overlay_alpha=»50″ gutter_size=»0″ medium_width=»0″ mobile_width=»0″ shift_x=»0″ shift_y=»0″ z_index=»0″ width=»1/1″][vc_gallery el_id=»gallery-159387″ medias=»74914″ gutter_size=»3″ screen_lg=»1000″ screen_md=»600″ screen_sm=»480″ single_width=»12″ single_overlay_opacity=»10″ single_padding=»2″ lbox_caption=»yes» lbox_social=»yes» items=»eyI1NzI1MF9pIjp7InNpbmdsZV93aWR0aCI6IjYifSwiNTcyNDhfaSI6eyJzaW5nbGVfd2lkdGgiOiI2In0sIjU3ODIwX2kiOnsic2luZ2xlX3dpZHRoIjoiNiJ9LCI1NzgxOV9pIjp7InNpbmdsZV93aWR0aCI6IjYifSwiNzMzODZfaSI6eyJzaW5nbGVfd2lkdGgiOiI4In0sIjczMzgyX2kiOnsic2luZ2xlX3dpZHRoIjoiNCJ9fQ==»][/vc_column][/vc_row]

The Heat Culture – Outsiders NBA 2×14

Dwayne Wade, LeBron James, Udonis Haslem, Alonzo Mourning, Shaquille O’Neal, Tim Hardaway, Gary Payton… Sí, todos son históricos miembros de Miami Heat, una franquicia joven que ya ha dado grandes cosechas a la liga. Los Outsiders NBA nos proponen, esta semana, adentrarnos en la historia baloncestística de Miami, donde la cultura de trabajo y la victoria se han labrado desde el primer día.

En el centro del universo Heat, centramos la atención en «El Padrino» de la NBA, Pat Riley, y el impulsor en la sombra del proyecto, Mickey Arinson. ¿Cómo se construye una identidad, algo que trasciende en el tiempo más allá de proyectos y equipos? La respuesta la encontramos en Miami.