Nueve supervivientes (V) – Manu Ginóbili

Hogar de lo estrafalario, Estados Unidos es un lugar donde no sólo reinan la diversidad y el multiculturalismo, también lo hace el delirio. Su condición de nación joven, de padres varios, unida a toda la convulsión sociopolítica de los años 70’ y 80’, proclamó en su sociedad un aperturismo de incuestionable bien para muchos, pero también venenoso para otros. Entre los clanes dedicados al sector del espectáculo –hablése de artistas, músicos, literatos, deportistas, actores, etc-, la fama y la fortuna monetaria resultaron ser desafortunadas zancadillas al profesionalismo. En el baloncesto norteamericano del siglo XXI se amontonan carreras truncadas, personajes ebrios y cuentas bancarias en quiebra. Juguetes rotos, como dicen los ‘peliculeros’.

Los relatos de este género se suceden con tanta frecuencia que la debacle se ha convertido en algo casi natural para un jugador de la NBA. Entre marzo del 76 y agosto del 78, sin embargo, nacieron nueve individuos que niegan esa premisa. En el hervidero de talento más caliente del planeta, resisten en base a un intelecto al que no derriten los años. Conozcamos su origen.

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Parte V: Bahía Blanca, Buenos Aires, julio 1977

Jorge Ginóbili no quería llamar a su hijo Emanuel. “Lo van a llamar Manolo”, protestaba Yuyo, como le llamaban a él sus amigos. El trato, no obstante, era que si el bebé era varón la decisión le correspondía a Raquel, su mujer. “En realidad estábamos seguros de que venía el tercer varón”, reconoce hoy Jorge. Así las cosas, el 28 de julio de 1977 nació el diminuto Emanuel en el Hospital Italiano de Bahía Blanca, una ciudad de 300.000 habitantes al sudoeste de la provincia de Buenos Aires, y que a pocos kilómetros de la Patagonia, cuenta con un puerto considerado uno de los enclaves comerciales más importantes de Argentina.

Manu, que no Manolo, como temía su padre, se integró de inmediato en el 14 de la calle Pasaje Vergara, a apenas una manzana de la sede del Club Bahiense del Norte, equipo que su abuelo había cofundado y donde su padre, después de servir como jugador y como director técnico, ahora era presidente. “Yo nací con una pelota de basquetbol en las manos”, cuenta Manu, abocado a una estirpe ligada al deporte de la canasta en casi toda su genealogía. Sus hermanos mayores, Leandro (1970) y Sebastián (1972) ya pasaban todo el día en las canchas del Club, y pronto se uniría ellos.

Emanuel Ginobili - Virtus Kinder pallacanestro Bologna 2000/2001 - Roberto Serra / Iguana PressCon tres años, todavía con dientes de leche, Manu ya estaba aprendiendo a botar la pelota anaranjada. “Uno lo hace por imitación”. Su entorno le fue de ayuda, claro. Su padre le traía avances que llegaban de EEUU al Club, como unos anteojos que impedían mirar hacia abajo, que obligaban a quien botaba a hacerlo mirando hacia el frente; ó como una especie de guantes que sólo permitían tocar la pelota con la yema de los dedos, lo idóneo para tener la máxima sensibilidad en el contacto con ella.

Durante toda su infancia, Enmanuel fue desarrollando paulatinamente un talento precoz en todo lo que puedan ser consideradas dotes baloncestísticas, pero su altura y su condición física no parecían resultarle suficientes. “A los trece o catorce años era muy chiquito, muy flaquito. Con cualquier choque me tiraban”. Manu siempre era el más pequeño en tamaño de su promoción, y eso le generó un sentimiento de frustración, de celo hacia sus hermanos, que ya habían dado entonces sus primeros pasos en el profesionalismo. El menor de los Ginóbili estuvo durante años haciendo marcas en la pared de su cocina. De repente un día esa contención se rompió, y entre los dieciséis y los dieciocho años Manu creció 25 centímetros. “Era excitante ver cómo la marquita subía en cuestión de semanas”, recuerda. También por entonces empezó a ver el fruto de las pesas que llevaba unos años haciendo.

A los dieciocho años, para la inquietud de su madre, salió de su ciudad para emprender su camino en el campeonato nacional argentino, y marchó a la región de la Rioja, donde jugaría para el Club Andino. Allí sólo estaría un año antes de regresar a Bahía Blanca, donde jugaría para Estudiantes. Su nivel se distanció rápido del de sus compatriotas, y ya con el biotipo necesario para ser un baloncestista diferencial, Manu marchó a Italia.

Manu-Estudiantes

En el verano de 1998 ingresó en el Reggio Calabria, pero tan pronto rompió los moldes que en el de 2000, después de haber sido elegido en el Draft de la NBA, pasó a formar parte de las filas del Kinder Bolonia, un equipo de jerarquía contrastada en el país de la bota, y Ginóbili completó allí un bienio legendario. No tanto por los títulos (una Liga italiana, dos Copas y una Euroliga) sino por la impresión visual que dejó patente. Uno revisa en Youtube hoy los vídeos de aquellos dos cursos en Bolonia y no da crédito. Manu embestía a las defensas como no se ha visto hacer a otro jugador en Europa en los últimos quince años.

Su talento era tan anómalo y su físico tan abrumador que por momentos resultaba imparable. En 2001, de hecho, fue premiado con el MVP de la Euroliga. Seguramente por eso el choque con el baloncesto estadounidense fue tan áspero. “El juego es de una velocidad que te sobrepasa. En los primeros meses siempre vas a estar un poquito atrás. Ellos son físicamente tan superiores, que uno tiene que entender ó buscar la forma de hacer algo que los demás no hacen. Porque físicamente no tienes chance. Yo en Italia era físicamente muy superior a la media. En cuanto a salto, velocidad, altura. Cuando llegué a la NBA era inferior a la media”.

Miami Heat v San Antonio Spurs - Game 5

Pero Manu se estudió, estudió la competición, y encontró esas tretas para ser igualmente productivo. El balance de su ciclo en San Antonio Spurs son más de mil partidos a su espalda y tres anillos en la estantería, y no menos antológico es el que ha completado con la selección de Argentina. En la historia de Manu Ginóbili hay una dilatada carretera de obstáculos, frustraciones, trabajo en cantidades industriales y altas dosis de inteligencia. Como bien dice su madre, Raquel, “nada es azaroso”.

Más supervivientes: Vince Carter (IV) – Kevin Garnett (III) – Tim Duncan (II)Andre Miller (I)

Esta serie se escribió originalmente en Enero de 2016.

Kyrie Irving, para ganar hay que arriesgar

El 4 de diciembre de 2010 a Kyrie Irving le crujió el dedo gordo de su pie derecho en Butler. A pesar de haber anotado 17 puntos en la segunda mitad de la contienda, el point guard de la Universidad de Duke salió del parqué a pata coja; la cara le gemía.

Unos días después, Krzyzewski no apagaba las alarmas: “Es una lesión muy seria. Está siendo examinado por especialistas de diferentes partes del país.”. La preocupación de Coach K era comprensible, pues si bien era sólo un freshman –estudiante de primer curso universitario–, a sus dieciocho años Irving era ya la mayor promesa del baloncesto no profesional en EEUU.

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Con estas, el maldito percance salpicaba también al Draft de junio, y por ende a determinadas franquicias de la NBA poco dadas al riesgo —o, de hecho, muy aficionadas a arriesgar sin acertar.

De repente, la que parecía ser una apuesta de beneficios seguros, se había convertido en un riesgo. Que la recuperación de ese dedo quedase en parcial, o que ésta modificase la pisada de Irving, podía significar una violenta alteración de su baloncesto. Y sin embargo, los Cleveland Cavaliers invirtieron todas sus esperanzas en el muchacho. Atravesado ya el árido Año I después de LeBron, la entidad de Ohio tuvo la fortuna de encontrarse con el primer pick del Draft, y eso le obligaba a concentrar su futuro en una decisión.

Contraídos ya vínculos con Irving, las cosas no empezaron bien para ellos. La recuperación se dilató mucho más de lo esperado, y de hecho Kyrie no debutaría hasta el 17 de diciembre de 2011. Es decir, 378 días después de su lesión. Fue un estreno tardío, pero aquella noche en Detroit los Cavs ya empezaron a sospechar que habían acertado. Sus dotes para driblar o atacar la canasta estaban intactas.

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Irving creció veloz como el pelo, y en sólo unos meses ya agarraba el balón cuando ardía. Años después su condición de primer espada se desvaneció, y no por cualquier razón. LeBron James había vuelto a su tierra a decirle a esas gentes que habían quemado su camiseta en 2010 que se comprasen otra, que había que vestirla en las Finales.

La deidad contemporánea de la Costa Este no necesitó ningún tipo de transición, y en junio de 2015 tenía a los Cavs ante el compromiso. James estuvo titánico como de costumbre, pero el sabido quinteto de ‘los bajitos’ que Steve Kerr dispuso para atacar las debilidades de su rival acabó por darle el campeonato a Golden State. Aunque se apostillaba un asterisco, y decía que si el menisco no hubiese privado a Irving de cinco de los seis encuentros la serie podría haber sido bien distinta. Era sólo una conjetura, pero en junio de 2016 el point guard de Cleveland lo ha corroborado.

Sospechábamos que el techo de Irving era muy alto, pero en estas Finales lo ha roto. Jamás habían imaginado ni mentores ni admiradores que Kyrie pudiese aglutinar semejante volumen de anotación. Su abanico de finalizaciones siempre ha sido muy amplio, pero haya sido capaz de exhibirlo con esta frecuencia escapa a los pronósticos de los más optimistas. Kyrie se mueve entre el tráfico como un escualo en una ría. Esquiva a su marca y ataca el aro atrayendo a una segunda. Normalmente ese segundo defensor siempre es más alto y más fuerte que él, pero el ‘2’ de los Cavs se las apaña para encestar.

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En estos siete partidos se han sucedido los and ones, los rectificados, e incluso fade aways repentinos que muchos no esperábamos. En repetidas declaraciones durante la contienda, Irving ha hecho mucho hincapié en el concepto de “el espacio”, ése que le han brindado los aclarados de Lue o los bloqueos de su compañero escoba, Tristan Thompson. Su velocidad de ejecución hacía el resto.

No debiera pasar desapercibido su acierto desde la línea de tres. Hasta 15 puñales clavó desde el perímetro en las Finales, incluido el que anota a marcador igualado en el último minuto del Game 7, el que su entrenador ya ha bautizado como “uno de los tiros más grandes de la historia de la NBA.”. Quien acapara todos las miradas tampoco duda en señalar la providencial actuación de su compañero. “Ellos han tratado de hacerlo postear varias veces con gente como Harrison Barnes, y él encestaba igual.”, dice James, que en estas Finales sí ha encontrado al par que en Florida era Wade. Uno que le descargue de la responsabilidad ofensiva en los cuartos calientes.

A fin de cuentas, dicen que para ganar hay que arriesgar. Y aunque ello no sea axioma, los Cavaliers arriesgaron y ganaron seleccionando a Kyrie Irving.

LeBron James, el hombre al que tanto odié

Han pasado ya más de 72 horas desde que la ciudad de Cleveland celebró su primer gran título tras más de 50 años de sequía y me sigue durando esa sensación extraña de haber tenido que rendirme a los pies del hombre al que tanto odié.

Durante la última década siempre me he considerado un hater en el sentido más básico de la palabra: he odiado a LeBron James, a su prepotencia, su arrogancia, al hombre que dejó su ciudad para irse a ganar un anillo, al que solo-era-físico, al que, en definitiva, representaba todo lo opuesto a lo que yo entendía como baloncesto. Y anoche, tras culminar una de las hazañas individuales y grupales más históricas de la NBA, me rendí ante él, ante el Rey.

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El trofeo Larry O’Brien conocerá el estado de Ohio por primera vez en su historia y lo hará gracias al hombre que prometió llevarlo a casa. Se fue a Miami para aprender lo que significaba ser campeón, ser el mejor del mundo, y volvió con una consigna: traer un anillo a Cleveland. Le han bastado dos años y sus terceras finales con los Cavaliers para cumplir su promesa —y cumplir una promesa a veces no es tan fácil.

Anoche, en el Oracle Arena de Oakland, LeBron James cayó al suelo en cuanto escuchó la bocina que anunciaba el final de uno de los Game 7 más emocionantes y disputados de las últimas décadas. Al contrario que el año pasado, cuando él y sus Cavs sucumbieron ante el mismo rival, esta vez James no estaba solo. Se abrazó con Irving, con Richard Jefferson e incluso lloró en los brazos de Kevin Love, esa pieza de su tablero que nunca consiguió hacer cuajar tal y como le hubiera gustado.

Sobre todo, lloró sobre la pista, la misma que le eleva un poco más en el Olimpo del baloncesto cada vez que la pisa. Liberó en un momento toda la emoción que había acumulado durante unas finales a 7 partidos en las que se erigió, con el permiso de Kyrie Irving, dueño y señor de los Cleveland Cavaliers.

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LeBron James se marcha de las Finales NBA 2016 como líder de todos los apartados estadísticos: máximo anotador, reboteador, asistente, ladrón y taponador de ambos equipos. Pero su impacto va mucho más allá de los números. Tras los primeros cuatro encuentros se vio 3-1 abajo y sabiendo que ningún equipo en toda la historia había remontado un marcador así en unas finales. Entonces se puso el mono de trabajo y recordó que a él lo que siempre le ha gustado es romper los libros de historia y reescribirlos con su propia mano.

Encadenó dos partidos de más de 40 puntos consecutivos y un séptimo encuentro en el que hizo el primer triple-doble de un Game 7 en más de 25 años. Un séptimo encuentro en el que hubo hasta 20 cambios de ventaja en el marcador y que se decidió con una sucesión de acciones que marcaron el devenir del partido: un tapón de LeBron a Iguodala, una defensa de Love a Curry y un triple de Irving en la cara del actual MVP. Todo ello, para dar a Cleveland su primer anillo de campeón de la NBA.

La historia hace tiempo que le guarda un sitio a LeBron, pero tras lo conseguido en estas finales James cambió los datos de la reserva y firmó con tinta dorada. Hizo que todos, los que le odian y los que le quieren, los fans y los haters, se pararan por un momento a admirar la grandeza de sus logros. “Volví para darle un título a esta ciudad. Di todo lo que tenía, di mi corazón, mi sudor, mi sangre y mis lagrimas. Esto es vuestro, Cleveland”. Fueron las primeras palabras de un LeBron James para el que este título, después de dos anillos en Miami y cuatro premios MVP, sabía diferente.

Este anillo es distinto para él porque es el que más se le había resistido. Durante todas las finales, sobre todo cuando más negro lo tenían, Cleveland no creyó en imposibles e hizo de la supervivencia su carta de presentación, la única respuesta ante el mejor equipo de la historia de la temporada regular. Un récord, 73 victorias, que de poco sirve cuando no ganas el anillo, y es que el récord de los Warriors, sin anillo, es estéril; pero seguirá quedando para la historia, y más importante, para nuestra memoria.

Pocos anillos estuvieron tan cargados de valor emocional y significado como el que LeBron y los Cavaliers han ganado esta temporada. Durante las finales, James anotó, asistió o creó directamente 392 de los 703 puntos de los Cavaliers (56%, 56 puntos por partido). No hace falta ni decir que supone un récord histórico en finales NBA. Esta temporada, LeBron ha terminado de tirar abajo las puertas del cielo y cuando aún le quedan varios años hasta su retirada, ya pide a gritos su inclusión en el top 5 histórico de la liga.

Una liga que a día de hoy le pertenece y, aunque cueste admitirlo, lleva perteneciéndole casi diez años. Ya no son sus números ni sus récords; no son sus actuaciones ni tampoco sus anillos y premios MVP. Al final, lo que hace que LeBron James sea el mejor jugador del mundo es el momento en el que consigue incluso que se difumine la línea que separa el premio al ‘jugador más valorado’ del ‘mejor jugador’.

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Follow my lead (seguid mi ejemplo), era la consigna pre-partido de LeBron James a los suyos durante cada encuentro de los Playoffs. Pocas veces una frase significó tanto para un equipo, que con su líder vestido de héroe, fue capaz de desafiar a la historia y labrarse un hueco en ella. Cleveland consigue así su primer anillo, pero la hazaña de LeBron James va más allá. El único jugador de la NBA actual capaz de hacer candidato al anillo a cualquier equipo. Ni siquiera Curry, MVP unánime de la temporada regular y uno de los mejores tiradores de la historia, sería capaz de transformar de esa manera a un equipo perdedor, de fraguar de la nada a todo un contender.

Y eso no es hablar mal de Stephen, sino maravillas de James. Termina liderando a los dos equipos de las las Finales en puntos (29,7), rebotes (11,3), asistencias (8,9), robos (2,6) y tapones (2,3) pero no es suficiente para cuantificar su impacto en la historia. Quizás no haya que hacerlo, a lo mejor somos nosotros que nos equivocamos al intentar ponerle números y cifras a todas sus actuaciones. Quizás, y solo quizás, son los propios fans de Cleveland los que mejor puedan describir lo que significa que el Rey haya vuelto a casa y les haya traído el anillo de campeones.

No le comparemos con Kobe, Magic o Jordan. No comparemos a LeBron con nadie, al menos hasta que termine su carrera. Las comparaciones son inútiles mientras una leyenda sigue creciendo. Lo dijo Adam Silver en la entrega del trofeo de campeón: “Volviste a casa para darle un campeonato a tu ciudad. Lo has conseguido”. Solo hay uno capaz de poner en perspectiva lo que James ha conseguido, y ese es el tiempo. El tiempo dirá como de grande hizo LeBron a Cleveland y como de grande se hizo a sí mismo.

LeBron James cumple su sueño, los Cavaliers entran en la historia

Derrumbado en el suelo, llorando, así acabó LeBron James el partido más importante de su carrera profesional. Sí, por fin, había cumplido su sueño, había convertido a los Cleveland Cavaliers en campeones de la NBA y de paso había sellado su lugar entre los más grandes de la historia.

Nadie antes había remontado un 3-1 en las Finales de las NBA; nadie había llevado un anillo a la ciudad de Cleveland, que rompe así su maleficio de más de cincuenta años sin ningún título en las cuatro grandes ligas profesionales de Estados Unidos.

Para agrandar aún más la gesta, delante suyo, el mejor equipo de la historia en una temporada regular, unos Golden State Warriors del 73-9 que se fueron desdibujando con el paso de los playoffs. Ciertamente, hasta el séptimo partido no les habían derrotado tres veces consecutivas esta temporada.

Así ocurrió, y fue gracias a un tremendo triple de Kyrie Irving que encaró el final de la gran final a 53 segundos de la conclusión. Hacia más de tres minutos que ninguno de los equipos había anotado, agarrotados por la tensión y los nervios de la resolución definitivas, acuciados por el peso de la historia.

Irving desató el terremoto, pero el destino reservó la noche a LeBron James, que con un tiro libre a 10,6 segundos de su tercer título, saboreó la gloria eterna. Pam, victoria por 93-89 y MVP de las Finales sin discusión a pesar de que varios jugadores aportaron mucho más que un granito de arena a la excelente campaña de los de Ohio. Quizás, el tapón que le colocó a Andre Iguodala —vigente MVP de las Finales— fue otra señal de que los astros, esta vez sí, estaban con el ’23’ de Akron.

El Rey, el Elegido, terminó con 27 puntos, 11 rebotes y 11 asistencias en el séptimo, el tercer jugador en lograr un triple-doble en el choque decisivo por antonomasia. Kyrie, su fiel escudero y la auténtica magia de estas finales, sumó 26 tantos y, sobre todo, ese triple que quedará grabado a fuego en la memoria de los fans de los Cavs.

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La otra cara de la moneda, por supuesto, fueron unos cabizbajos y desdibujados Golden State Warriors, que sin duda no lograron ser los mismos que arrasaron con todo el mundo en temporada regular. Stephen Curry acabó con 17 puntos, 5 asistencias y un rídiculo —y descriptivo— intento de triple que ni tocó aro; Klay Thompson, su Splash Brother, confirmó los malos augurios con 14 tantos y combinándose para un 6 de 24 en triples con su hermano de perímetro.

De hecho, los Cavs podrían haber arrasado de nuevo de no ser por Draymond Green. El todoterreno de la bahía se marcó un partidazo a la altura del histórico LeBron con 32 puntos, 15 rebotes y 9 asistencias. Su alma dio una oportunidad al bicampeonato a los suyos, pero el resultado no sorprendió a nadie y proclamó a los Cleveland Cavaliers como justos, justísimos, vencedores.

LeBron volvió a Cleveland para cumplir un sueño, para consumar su promesa, y entregar un anillo a su estado y a su ciudad. La historia, tras conseguir lo que nadie consiguió jamás —remontar un 3-1 en contra—, le reserva un lugar muy especial.

En las próximas horas, más contenido sobre las Finales NBA en NBAesp.com

LeBron y los Cavaliers fuerzan el séptimo y desquician a Curry

Los Cleveland Cavaliers salieron en tromba a por el partido, y hasta a ellos les sorprendió la relativa facilidad con la que acabaron forzando el séptimo encuentro de unas Finales de la NBA que se le han puesto verdaderamente cuesta arriba a los Golden State Warriors.

A pesar de que jugarán en Oakland, en casa, los pupilos de Steve Kerr recibieron la segunda tunda consecutiva en la eliminatoria (101-115) y llegarán a la cita decisiva del domingo tras desaprovechar dos puntos de campeonato y tras mostrar la peor cara de su temporada.

Los Cavs, con todo perdido y la estadística en contra, han logrado remontar las Finales y situarse a un paso de la gloria. Entre la suspensión a Draymond Green para el Game 5 y un mal planteamiento de inicio del rival en el Game 6, los de Tyronn Lue se jugarán el primer título de la franquicia en la bahía. Lo más importante, quizás, es que llegan con mayor frescura y confianza que unos Warriors a los que pocas veces habíamos visto dudar tanto. A pesar de todo, un séptimo partido siempre es indescifrable.

El choque en el Quicken Loans Arena empezó de manera extraña. En menos de 90 segundos, los árbitros pitaron cinco faltas; dos eran del repudiado Kevin Love —que más tarde se quitó la espina en medio del festival de los suyos— y el resto de unos Warriors demasiado agresivos. La carga de personales también resultó una losa que pesó mucho en el juego de los visitantes.

Con Stephen Curry sentado en el banquillo desde el minuto 8, Golden State se quedó sin respuestas y se fue 20 abajo tras el primer cuarto. A partir de allí todo fue remar a contracorriente, y con un Klay Thompson extremadamente fallón en la primera mitad, los de Kerr se entregaron a su base extraterrestre.

El problema de Curry ayer fue que arrastró demasiados problemas con las personales. A falta de tres minutos para el descanso cometió su tercera personal, pero el técnico decidió aguantarle. En ataque fue una decisión correcta, pero los Cavs supieron buscar la debilidad y atacar a Curry ante su defensa blanda. Al descanso, el 43-59 seguía siendo igual de descorazonar para los de Oakland.

Entregados a Curry por un lado, en el otro lo apostaron todo al ‘Big Three’. Kevin Love, sin embargo, disputó solamente 12 minutos. Su lugar en la jerarquía lo ocupó Tristan Thompson, que acabó con muchas jugadas de mérito, 15 puntos y 16 rebotes. A pesar de todo, los Warriors no perdieron la esperanza y lucharon contra sí mismos. Un 10-0 al final del tercer cuarto les dio opciones, pero entonces LeBron tomó las riendas y sentenció el choque.

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LeBron metió 18 puntos consecutivos entre el tercer y cuarto período para evitar que los de la bahía se acercaran a más de cinco en el marcador. Entonces llegó una exhibición que incluyó un espectacular mate de alley-oop a la contra y un tapón a Curry que provocó la ira del MVP. Don Stephen acabó expulsado y recibió una doble técnica por lanzar su protector bucal a un espectador en medio del fragor de la batalla.

No fue la noche de los Warriors, que deberán cerrar filas, curar heridas y levantarse de nuevo ante el decisivo séptimo partido en el Oracle Arena. Todo puede cambiar, pero James dio ayer un golpe de gracia a las Finales NBA.

LeBron James lideró a los suyos con 41 puntos,8 rebotes, 11 asistencias, 4 robos y 3 tapones; Kyrie Irving le acompañó con 23 puntos y JR Smith complementó el trabajo con 14 tantos. Para los Warriors, los 30 de Curry y los 25 de un Thompson que despertó tarde no fueron suficientes. Los Cavs dieron un golpe moral.

La imagen: Curry lanza desesperado el protector bucal al público

Los datos del Game 6

Las citas: Ayesha Curry y Steve Kerr

El Top 5

Kyrie y LeBron fuerzan el sexto con el mejor dueto de la historia

Kyrie Irving y LeBron James. Imparables. 82 puntos. Una exhibición inédita de dos compañeros en unas Finales de la NBA. Gracias a sus particulares Batman y Robin, los Cleveland Cavaliers forzaron el sexto partido de la eliminatoria ante los Golden State Warriors tras escapar en el último cuarto y vencer por 112-97 en un magnífico encuentro de baloncesto.

El dúo de los Cavs, prácticamente lo único que necesitaron para doblegar al rival en el complicado fortín del Oracle Arena, sumó 41 puntos cada uno. Pese a arrancar con una primera mitad de ensueño, los locales acabaron notando en defensa la ausencia de su corazón en la pista, un Draymond Green que tuvo que ver la derrota desde un campo de béisbol cercano al pabellón por culpa de la sanción de un partido que le impuso la NBA por su encontronazo en el Game 4 con LeBron.

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Más allá de las bajas, Golden State no encontró soluciones ante el tremendo acierto exterior de James, que hacia mucho tiempo que no mostraba tanto rango y tanto gusto por los tiros lejanos. El astro terminó con 41 puntos, 16 rebotes, 7 asistencias, 3 robos y 3 taponazos en una serie de 16 de 30 en tiros de campo (4-8 en triples). ¿Y Kyrie fue todavía mejor?

Pues sí, imaginad la magnitud de la exhibición del dúo dinámico, que ni echó de menos la notable e imperdonable ausencia de Kevin Love, que sumó tan solo dos puntos en una serie de 1 de 5 en TC.

Kyrie Irving se encarnó en el mejor Uncle Drew publicitario y tumbó uno a uno los defensores que le puso Steve Kerr. Muchas veces hablamos de lo imparables que son Stephen Curry y Klay Thompson, pero ayer el premio gordo fue para el base de los Cavaliers: 41 puntos, 3 rebotes y 6 asistencias en una increíble serie de 17 de 24 en tiros de campo. Eficiencia al servicio del equipo y, sobre todo, un show sin apelativos durante la segunda mitad del partido.

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Al principio, el Oracle rugió como nunca y centró sus pitos a LeBron, protagonista de la jugada de la discordia con Green en el partido previo. Nada, tampoco duró mucho el odio a James ya que el encuentro tomó en seguida el protagonismo. Los Warriors salieron contagiados por la atmósfera y, con un Andre Iguodala que parecía postular su candidatura al MVP de las Finales, paró los pies a unos Cavs nerviosos.

LeBron tardó un buen rato en quitarse la tensión, y los locales se fueron con una ligera ventaja al primer receso (29-32). Nada más empezar el segundo cuarto se desató la locura. Shaun Livingston se marcó un póster estratosférico ante Richard Jefferson para contestar un tapón igual de increíble de James en el otro lado. Kyrie, que ayer estuvo en todas, dejó por los suelos a su defensor en la siguiente secuencia.

El toma y daca continuó así hasta el descanso, en el que ambos equipos llegaron con una anotación digna de la calidad del acontecimiento: 61-61 para un total de 122 puntos que son la máxima puntuación de las últimas dos décadas al receso. Hasta entonces, Klay Thompson había protagonizado un choque escandaloso y lideraba la tabla de anotadores con 26 puntos

El punto de inflexión pareció llegar con la preocupante lesión de Andrew Bogut. El pívot australiano se quedó tendido tras una mala caída sobre la rodilla que le obligó a marchar a los vestuarios sin poder pisar el parqué, y tiene toda la pinta de que no volverá a jugar esta temporada. Kerr decidió apostar por un quinteto bajo ante la ausencia de sus interiores titulares, pero los Cavs olían sangre.

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Poco a poco, Kyrie y LeBron metieron el dedo en la llaga y cerraron el tercer cuarto con un 93-84 esperanzador para los fans en Ohio. Efectivamente, en el último período todo lo que les había entrado a los Warriors dejó de entrar, así que el desenlace fue obvio. Irving y James siguieron sumando para redondear un espectáculo digno de rivalizar con las mejores actuaciones de los Splash Brothers.

La muñeca de Klay encalló en los minutos finales, pero aún así terminó con 37 puntos para liderar el esfuerzo local. Stephen Curry (25 puntos, 7 rebotes y 4 asistencias) estuvo correcto pero no logró activar su modo ovni, mientras que Andre Iguodala fue el tercer hombre en superar los dobles dígitos con 15 tantos, 11 rebotes y 6 asistencias… sin duda, los Warriors estuvieron tan faltos de equipo como los Cavs en un día cualquiera.

Entre eso, las bajas y la ambición de Batman y Robin, LeBron y Kyrie, los Cavaliers se ganaron de luchar por el séptimo encuentro en casa. Estas Finales NBA se lo merecen, y más si los jugadores nos brindan partidos como los de la pasada madrugada. Veremos si el retorno de Green se convierte en la clave, y es que nadie ha remontado un 3-1 adverso en toda la historia de las Finales NBA.

La imagen

Los datos

 

El partido en 10 minutos