El inspector de carne que soñó con el Dream Team

Fueron como Johnny Cash en la cárcel de Folsom, como los Allman Brothers en el club Fillmore East. Como Santana en Woodstock. «Si hubiera sido ahora, habría sido uno de esos reality shows.» Larry Bird

Hablamos del Dream Team, el equipo que hizo las delicias de los aficionados al baloncesto y al deporte, ya que fueron ellos los que dieron una dimensión nueva a la naranja y la cesta de Naismith. La historia sería otra, o no tendría los maravillosos nombres de Michael Jordan, Larry Bird, Magic Johnson y compañía inscritos en ella, de no ser por la visión de un inspector de carne de Belgrado.

borislav-stankovic-dream-team

Boris Stanković llegó a Estados Unidos en enero de 1974. Se instaló en Billings (Montana), un pueblo tan remoto como su nombre sugiere. Tenía 49 años y quedó prendado enseguida del baloncesto universitario y del pelirrojo Bill Walton. Lo curioso de todo ello es que es difícil saber como este tipo, titulado veterinario y currante de carnicería, llegó a ser el tipo que fraguó la inclusión de profesionales estadounidenses en competiciones internacionales.

Exjugador –ganó tres ligas yugoslavas– y entrenador y directivo ya con 30 años (mientras trabajaba de inspector de carne, claro), destacó tanto en la antigua Yugoslavia que en 1966 recibió la oferta del histórico equipo italiano Oransoda Cantù. La cosa fue bien y ganó el título de liga en el 68. La FIBA vio en él, entonces, una mina de oro. Bingo.

«Parecía otro deporte. Más rápido, pero también muy sólido. Veías a un jugador como Bill Walton durante un minuto y era evidente que estaba a un nivel muy superior que cualquiera en Europa.» Borislav Stanković

Eso pensaba el amigo Boris, de la escuela física y tosca del baloncesto yugoslavo, tras ver fascinado a los chavales universitarios. Tenía buen ojo y, sin quererlo, visión de negocio. La FIBA, por aquel entonces, solo permitía que fueran amateurs quienes disputaran las competiciones internacionales. Y eso incluía los Juegos Olímpicos, claro.

boris-borislav-stankovic-michael-jordan

Ni Stern ni Nike, fue Boris

«La hipocresía, por supuesto, radicaba en que jugadores profesionales de facto jugaban igualmente, ya que los equipos de baloncesto de otros países siempre contaban con los mejores jugadores, aunque a veces constaran oficialmente como «soldados» o «policías»», recuerda Jack McCallum en su libro, ‘Dream Team: la intrahistoria del mejor equipo que ha existido jamás’.

Ni David Stern ni los genios del marketing de la escuela Nike fueron quienes llevaron al Dream Team a Barcelona. Fue el empeño de Boris, nuestro inspector de carne favorito. Él propuso, para mostrar el potencial de la receta, organizar una serie de torneos entre equipos FIBA y NBA. De allí nacieron los míticos Open McDonald’s que jugaron, entre otros, el Real Madrid, el Barcelona y el Joventut de Badalona.

dream-team-barcelona-92-jack-mccallum-contra

Stanković persistió varios años con su cantinela: los Estados Unidos debían llevar a los profesionales, y para ello la FIBA necesitaba cambiar sus normas. Tras un fracaso en el congreso de Madrid 1986, el inspector serbio consiguió su objetivo en Múnich, en 1989. Jordan y compañía –si querían ellos y, también, la NBA– podrían viajar a las canchas de Barcelona.

«¿Qué efecto tuvieron los Beatles en la música cuando fueron a Estados Unidos? Fue algo parecido.» Donnie Nelson

Quisieron, y el resto es historia. Ese equipo, esas Olimpiadas, cambiaron el abasto mediático del baloncesto en todo el mundo. Allí nacieron nuestro dormir es de cobardes en España, ese equipo vieron asombrados los hermanos Gasol, Ginóbili, Nowitzki y compañía.

Y lo más curioso es que, Jack McCallum, autor del libro que mejor recuerda el importante papel del inspector de carne en todo el asunto, ni escribió bien su nombre, que no es Boris, sino Borislav Stanković.

Estas historias y muchas más las podréis encontrar en ‘Dream Team’, que publica en España la editorial Contra. También podéis leer nuestro artículo sobre el papel que jugaron las islas Baleares en VICE España.

Imágenes vía Youtube / FIBA Basketball / Euroleague 

No se podía saber

Este año ha sido un año raro. Para mí, que lancé este blog —que pasó a web y ahora, de nuevo, a blog— hace siete años con unos colegas, mirar la NBA era parte de mi rutina diaria. Este año no ha sido así, y de hecho debo reconocer que no he visto (casi) ningún encuentro hasta llegar al punto en que nos encontramos ahora, las Finales NBA 2017.

La cosa es que el trabajo —el de verdad, vaya— me ha absorbido por completo en horarios de mañana, y levantarse a las siete a diario es bastante incompatible con la vida sonámbula de los Daimiel y compañía. Sí, he tenido que renunciar a las noches de desvelo y baloncesto. Una pena y, sin embargo, una decisión tan racional que incluso la competición me ha dado parte de razón. Me explico.

Cien jornadas de previsibilidad

Las Finales NBA van a disputarlas, una vez más, los Cleveland Cavaliers y los Golden State Warriors. Por tercer año consecutivo, algo inédito en la historia. Yo ya lo sabía cuando decidí apagar la tele de madrugada. Evidentemente, en el camino me he perdido 82 jornadas repletas de buen y mal baloncesto, porque hay que reconocer que en condiciones normales tragarse la temporada regular al completo es infumable. Demasiado larga, bastante previsible e, indudablemente, lo suficientemente extensa para que hasta los mejores equipos hagan partidos de mierda.

sleep-fan

No se podía saber… que dirían en esta cuenta de Twitter cargada de ironía (se os pasó lo de las Finales NBA, chicos) y algo de mala leche. Pues sí, todos sabíamos que iban a ser los de LeBron y Stephen los que se plantarían en la final. Lo más insultante, quizás, es que lo hayan hecho con respectivos récords en Playoffs de 12-1 y 12-0 en el caso de los de la bahía, otro registro inédito a estas alturas de temporada. Si los Celtics no hubieran rascado ese partido en las finales de conferencia, los dos finalistas se hubieran plantado invictos en la gran cita del año. ¿Para constatar esa superioridad son necesarios 94 (82+12) partidos? NO.

Que los Cavs y los Warriors no tengan competidores de verdad por tercer año consecutivo dice poco de la liga de las mil y una maravillas y que se vende como el espejo donde se mira el resto del mundo. A este ritmo, si repiten una vez más se pondrán a la altura del domino —roto este año— de Barcelona y Madrid en la ACB, por poner un ejemplo. Y si la ACB está en un pozo muy profundo, también es en parte por lo deportivo, no lo olvidemos. Que la NBA sea TAN previsible es una mala noticia. Sin haber visto nada, prácticamente parto con el mismo ojo crítico para analizar estas Finales. Y atención, porque además podré disfrutarlas igual que el año pasado, eso no lo puedo discutir.

Ciertamente, por muy pobre que sea el balance de la competición, la rivalidad y lo que nos espera en los (potencialmente) próximos siete partidos puede compensar ese centenar de jornadas de letargo. Sí, el choque de trenes entre los Cavs y los Warriors promete ser de proporciones épicas, y más si le añadimos la inclusión de un superclase como Kevin Durant en las filas de los de Oakland. [+ Finales NBA 2017]

unstoppable

Pero eso no quita lo otro, y es que la NBA 2016-2017 ha sido poca cosa, un paseo con buenos y malos momentos que nos ha llevado a lo inevitable, a otra final entre los tiranos de la actual era, la del boom de los contratos televisivos y la construcción de (dos) megaequipos. El resto lo intenta, pero los fuera de serie se han concentrado en el Estado del Castaño y la bahía.

 

Y LeBron, bueno, no hace más que constatar otra cosa con su séptima final consecutiva. Ya nadie duda de que es un extraterrestre, y quién sabe si podrá situarse en la pesada discusión/comparación con Michael Jordan —que se podrá atacar mejor una vez acabada su carrera—. Pero LeBron es más que eso, es la constatación de que en el Este un solo tío ha sido capaz de pisotear a cualquier intento de equipo que se cruzara de por medio casi él solito. Solo los miembros de los Celtics de Bill Russell, en el blanco y negro de los cincuenta, pudieron alcanzar esas siete finales consecutivas de James. Y vaya, no sé, eso dice poco de la conferencia Este, por muy único y especial que sea el astro de Ohio.

El hecho de qué los Warriors no hayan perdido ni un partido —ya, la lesión de Kawhi no ha ayudado— habla por sí solo de cómo están las cosas en el Oeste, del que siempre tendíamos a valorar su mayor competitividad y competencia respecto a sus colegas del Este. Pues ni eso, oye.

lebron-strong

Y ojo, que las dinastías son cosa del pasado y del futuro y no las disputo. El presente está claro de quién es, pero una cosa son los hechos y otra muy distinta las formas. Los Lakers y los Celtics se comieron los ochenta, y en los noventa el extraterrestre Jordan llevó a los Bulls a seis finales. Los Spurs y los Lakers empezaron igual de fuerte el nuevo milenio y ahora son los Cavs y los Warriors quienes se reparten el pastel. Hasta aquí, nada nuevo.

El problema es cuando desde agosto, desde la pretemporada, todos sabíamos quienes iban a ser los dos equipos que estarían hoy aquí, en el gran escenario del baloncesto estadounidense —y por ende, mundial—. ¿Y la emoción? ¿ Y la incertidumbre? Lo más sangrante es que tanto Cleveland y Golden State se han zampado a sus rivales de un bocado y no han dejado ni las migas. Hay quien dice que las Finales lo van a compensar todo, pero eso no es cierto. La emoción ya nos la han quitado durante casi siete meses, y eso no lo solucionan dos equipos en siete* partidos.

Quizás no soy el más indicado para decir esto, porque no he visto demasiado baloncesto este año, pero igualmente es lo que siento tras llevar más de siete años escribiendo sobre esto. Es una putada, pero es bien cierta.

Ahora, a pesar de tener muy claro lo que hay, me toca gozar de lo que nos queda. Soy de los que pienso que a pesar de todo, el duelo será tremendo, y este es mi mayor consuelo.

*De hecho, seis partidos ya me sabrán a poco tras tanto letargo.

 

LeBron James, el hombre al que tanto odié

Han pasado ya más de 72 horas desde que la ciudad de Cleveland celebró su primer gran título tras más de 50 años de sequía y me sigue durando esa sensación extraña de haber tenido que rendirme a los pies del hombre al que tanto odié.

Durante la última década siempre me he considerado un hater en el sentido más básico de la palabra: he odiado a LeBron James, a su prepotencia, su arrogancia, al hombre que dejó su ciudad para irse a ganar un anillo, al que solo-era-físico, al que, en definitiva, representaba todo lo opuesto a lo que yo entendía como baloncesto. Y anoche, tras culminar una de las hazañas individuales y grupales más históricas de la NBA, me rendí ante él, ante el Rey.

LeBron-James-Finales-NBA-2016-NBAesp-2

El trofeo Larry O’Brien conocerá el estado de Ohio por primera vez en su historia y lo hará gracias al hombre que prometió llevarlo a casa. Se fue a Miami para aprender lo que significaba ser campeón, ser el mejor del mundo, y volvió con una consigna: traer un anillo a Cleveland. Le han bastado dos años y sus terceras finales con los Cavaliers para cumplir su promesa —y cumplir una promesa a veces no es tan fácil.

Anoche, en el Oracle Arena de Oakland, LeBron James cayó al suelo en cuanto escuchó la bocina que anunciaba el final de uno de los Game 7 más emocionantes y disputados de las últimas décadas. Al contrario que el año pasado, cuando él y sus Cavs sucumbieron ante el mismo rival, esta vez James no estaba solo. Se abrazó con Irving, con Richard Jefferson e incluso lloró en los brazos de Kevin Love, esa pieza de su tablero que nunca consiguió hacer cuajar tal y como le hubiera gustado.

Sobre todo, lloró sobre la pista, la misma que le eleva un poco más en el Olimpo del baloncesto cada vez que la pisa. Liberó en un momento toda la emoción que había acumulado durante unas finales a 7 partidos en las que se erigió, con el permiso de Kyrie Irving, dueño y señor de los Cleveland Cavaliers.

LeBron-James-Finales-NBA-2016-NBAesp-1

LeBron James se marcha de las Finales NBA 2016 como líder de todos los apartados estadísticos: máximo anotador, reboteador, asistente, ladrón y taponador de ambos equipos. Pero su impacto va mucho más allá de los números. Tras los primeros cuatro encuentros se vio 3-1 abajo y sabiendo que ningún equipo en toda la historia había remontado un marcador así en unas finales. Entonces se puso el mono de trabajo y recordó que a él lo que siempre le ha gustado es romper los libros de historia y reescribirlos con su propia mano.

Encadenó dos partidos de más de 40 puntos consecutivos y un séptimo encuentro en el que hizo el primer triple-doble de un Game 7 en más de 25 años. Un séptimo encuentro en el que hubo hasta 20 cambios de ventaja en el marcador y que se decidió con una sucesión de acciones que marcaron el devenir del partido: un tapón de LeBron a Iguodala, una defensa de Love a Curry y un triple de Irving en la cara del actual MVP. Todo ello, para dar a Cleveland su primer anillo de campeón de la NBA.

La historia hace tiempo que le guarda un sitio a LeBron, pero tras lo conseguido en estas finales James cambió los datos de la reserva y firmó con tinta dorada. Hizo que todos, los que le odian y los que le quieren, los fans y los haters, se pararan por un momento a admirar la grandeza de sus logros. “Volví para darle un título a esta ciudad. Di todo lo que tenía, di mi corazón, mi sudor, mi sangre y mis lagrimas. Esto es vuestro, Cleveland”. Fueron las primeras palabras de un LeBron James para el que este título, después de dos anillos en Miami y cuatro premios MVP, sabía diferente.

Este anillo es distinto para él porque es el que más se le había resistido. Durante todas las finales, sobre todo cuando más negro lo tenían, Cleveland no creyó en imposibles e hizo de la supervivencia su carta de presentación, la única respuesta ante el mejor equipo de la historia de la temporada regular. Un récord, 73 victorias, que de poco sirve cuando no ganas el anillo, y es que el récord de los Warriors, sin anillo, es estéril; pero seguirá quedando para la historia, y más importante, para nuestra memoria.

Pocos anillos estuvieron tan cargados de valor emocional y significado como el que LeBron y los Cavaliers han ganado esta temporada. Durante las finales, James anotó, asistió o creó directamente 392 de los 703 puntos de los Cavaliers (56%, 56 puntos por partido). No hace falta ni decir que supone un récord histórico en finales NBA. Esta temporada, LeBron ha terminado de tirar abajo las puertas del cielo y cuando aún le quedan varios años hasta su retirada, ya pide a gritos su inclusión en el top 5 histórico de la liga.

Una liga que a día de hoy le pertenece y, aunque cueste admitirlo, lleva perteneciéndole casi diez años. Ya no son sus números ni sus récords; no son sus actuaciones ni tampoco sus anillos y premios MVP. Al final, lo que hace que LeBron James sea el mejor jugador del mundo es el momento en el que consigue incluso que se difumine la línea que separa el premio al ‘jugador más valorado’ del ‘mejor jugador’.

LeBron-James-Finales-NBA-2016-NBAesp-3

Follow my lead (seguid mi ejemplo), era la consigna pre-partido de LeBron James a los suyos durante cada encuentro de los Playoffs. Pocas veces una frase significó tanto para un equipo, que con su líder vestido de héroe, fue capaz de desafiar a la historia y labrarse un hueco en ella. Cleveland consigue así su primer anillo, pero la hazaña de LeBron James va más allá. El único jugador de la NBA actual capaz de hacer candidato al anillo a cualquier equipo. Ni siquiera Curry, MVP unánime de la temporada regular y uno de los mejores tiradores de la historia, sería capaz de transformar de esa manera a un equipo perdedor, de fraguar de la nada a todo un contender.

Y eso no es hablar mal de Stephen, sino maravillas de James. Termina liderando a los dos equipos de las las Finales en puntos (29,7), rebotes (11,3), asistencias (8,9), robos (2,6) y tapones (2,3) pero no es suficiente para cuantificar su impacto en la historia. Quizás no haya que hacerlo, a lo mejor somos nosotros que nos equivocamos al intentar ponerle números y cifras a todas sus actuaciones. Quizás, y solo quizás, son los propios fans de Cleveland los que mejor puedan describir lo que significa que el Rey haya vuelto a casa y les haya traído el anillo de campeones.

No le comparemos con Kobe, Magic o Jordan. No comparemos a LeBron con nadie, al menos hasta que termine su carrera. Las comparaciones son inútiles mientras una leyenda sigue creciendo. Lo dijo Adam Silver en la entrega del trofeo de campeón: “Volviste a casa para darle un campeonato a tu ciudad. Lo has conseguido”. Solo hay uno capaz de poner en perspectiva lo que James ha conseguido, y ese es el tiempo. El tiempo dirá como de grande hizo LeBron a Cleveland y como de grande se hizo a sí mismo.

Kobe Bryant vs. LeBron James: último capítulo

Ayer se enfrentaron por última vez en sus carreras dos jugadores de época. Ambos son, probablemente, los máximos exponentes del baloncesto NBA en el siglo XXI. Kobe Bryant y LeBron James se retaron por vigésimo segunda ocasión en su trayectoria y dejarón al aficionado con ganas de más después de la exhibición de ambos. Jamás podrán disputar unas finales y, de hecho, jamás habrán jugado una eliminatoria de playoffs entre ellos.

Los Cleveland Cavaliers se llevaron el partido (120-108), pero Bryant se quedó con la gran ovación de la noche y las mejores jugadas. Protagonizaron un duelo intenso entre sonrisas que se saldó con 26 puntos y 5 rebotes para la Mamba Negra en uno de sus mejores partidos del año. LeBron se apuntó a la fiesta y finalizó con 24 tantos, 5 rebotes y 7 asistencias.

«Ojalá pudiera jugar contra él cada noche», explicó LeBron tras el encuentro. «Esa competividad, la sensación de retarse contra uno de los más grandes, es algo que jamás debes dar por supuesto». Bryant recordó que para él, en la cancha, no hay amigos. «No es una rivalidad, pero tampoco es porque nos gustemos demasiado. A mi nadie me gusta demasiado», comentó.

A pesar de no cruzarse de manera directa, cada uno siguiendo su camino glorioso en el Este y el Oeste, desde la irrupción de LeBron en la liga, el año 2004, las comparaciones han sido el pan de cada día. Y con razón. El joven Rey aterrizó en la corte del tipo que enlazó la generación de Jordan con la del propio James, que llegó irreverente y con ganas de comerse al mundo.

Yendo a los inicios de Kobe, la cosa fue similar. El astro angelino retó al Dios del baloncesto desde el primer día y fue construyendo a fuerza de trabajo y perseverancia un currículo que, ahora que está al borde de su retirada, brilla más que nunca.  [Comparativa estadística]

 Ambos llegaron desde el instituto, saltándose la habitual etapa formativa en las universidades estadounidenses. Ambos se mostraron descarados y rápidamente tomaron las riendas de sus franquicias. Ambos protagonizaron más de una polémica (dentro y fuera de las canchas)… Muchas similitudes y una rivalidad latente que, según ellos, jamás ha existido como tal.   «Nunca me he fijado en lo que LeBron hacía. Siempre lo he visto como si fuésemos jugadores de otra generación… sin esa rivalidad que tenían Magic y Bird. Desde que LeBron llegó a la NBA siempre he tratado de ayudarle y darle consejos«, comentó Kobe en su última visita a Cleveland, el pasado febrero. «Nunca hemos tenido la rivalidad que la gente quería», añadió James entonces. «Cuando le veo jugar, incluso cuando no me enfrento a él, me emociona verle ya que sé que es su último rodeo». Después de hoy, no volverán a verse las caras dentro de la pista. Y todos nos quedaremos con mucho apetito.  

Veintidós serán las veces que se habrán enfrentado, con 16 victorias para LeBron en total. El alero de Ohio, de hecho, tendrá el honor de quedar en el libro de los registros como el jugador que más ha anotado en sus enfrentamientos contra Kobe (28,4 puntos de media).

La pena será no verles en unas Finales de la NBA, algo curioso si tenemos en cuentas que las últimas nueve ediciones han tenido a uno de los dos como protagonista. LeBron (¡ojo al dato!) luchó por el anillo en 2015, 2014, 2013, 2012, 2011 y 2007. Bryant encadenó tres consecutivas entre 2010 y 2008.

Entre ambos suman siete anillos, cinco MVPs y cuatro oros olímpicos. Kobe se marcha siendo el tercer máximo anotador de la historia por delante de Jordan, mientras que LeBron apunta alto y es ahora mismo el decimotercero, muy cerca de Dominique Wilkins. Dos estrellas que han compartido trayectoria y debate desde el 2004.

Kobe-LeBron-Jordan

La discusión seguirá pendiente de resolución, si es que algún día alguien consigue sellar el asunto. ¿Pesan más los cinco anillos de Kobe que el resto de registros de LeBron? Yo optaría por quedarme con lo mejor de ambos y disfrutar de su último baile.

Además, Michael Jordan sigue estando de por medio.

Imagen de portada: Joe DiChiara

Nueve supervivientes (IV) – Vince Carter

Daytona-Beach-Vince-Carter

Parte IV: Daytona Beach, Florida, enero 1977

En unas viñetas dulces que difieren al dramatismo adolescente de quienes le acompañan en este serial, el 26 de enero del año 1977 nació en Florida un chico de cejas pobladas, nariz ancha y sonrisa ciclópea en cuyo camino no se topó con demasiadas verjas que saltar. Y no estamos minusvalorando su sacrificio, sus leguas andadas, pero digamos que desde que Vince Lamont Carter agarró una pelota de baloncesto a los dos años casi no hubo acontecimientos que le frenasen los pies hacia el estrellato. Y tecleo casi porque a los seis, él y su hermano Chris, después de meses de chillidos y discusiones de más, vieron como sus padres se divorciaban. Debió resultar traumático, claro, pero la pasión obsesa de Vince por el baloncesto y el empeño de Michelle, su madre, por sostener una estructura familiar estable, no iban a dejar la película a medias.

Carter-Julius-Erving-Dr-J

Vince se crió en Daytona Beach, una ciudad costera del noroeste de Florida, conocida por sus gigantescos bloques de apartamentos y complejos de hostelería, pero también por ser la sede de una clásica carrera de 500 millas considerada la cúspide del calendario NASCAR junto a Indianápolis. Pero la ciudad no siempre está repleta de forasteros con ganas de fiesta. Los meses estivales son de los turistas, que acuden desbordados en busca de arena blanca y agua turquesa. Poco antes del verano ya se ha celebrado la Daytona 500, la famosa carrera, que se incrustra en el Spring Break, lo aquí equivalente a las vacaciones de Semana Santa. Sin embargo, durante el resto del año, la ciudad está quieta, como un mastín a la sombra. “Daytona is not like your typical city. It’s not Miami. It’s not Orlando. It’s a little slower”, comenta el propio Carter.

Allí, en canchas de sol pre-caribeño, Vince se empezó a fraguar un prestigio entre los que acudían regularmente a jugar pachangas y no pachangas. Pero para entender los fundamentos del muchacho hay que remontarse algunos años atrás, a tres nombres trascendentales en su gestación. Decisivo fue Harry Robinson, un profesor que se casó con su madre, también profesora, y sustituyó a su padre –con quien el contacto se redujo casi de cuajo- para amoldar a un niño educado, constante e inquieto en otras materias. Harry, de hecho, enseñó a Vince a tocar tambor, trompeta y saxofón. Casi nada. También apareció desde temprano su tío, Oliver Lee, que había sido jugador de baloncesto, llegando a presentarse al Draft NBA del ’81. Lo escogieron los Bulls, pero nunca encajó en el profesionalismo, y regresó a Daytona antes de tiempo para jugar en ligas locales. A su total adultez enseñó a su sobrino Vince habilidades a montones.

No obstante, la figura que se sobrepone a las demás en cuanto a influencia es Julius Erving. Carter ya lo idolatraba teniendo dientes de leche. Seguramente, sin ‘Doctor J’ apareciendo en la televisión de casa, Vince no habría sido jugador de baloncesto. Su admiración era tan enferma que el niño imitaba todo lo que hacía el sixer sobre el parqué del Espectrum.

No te espante ahora, lector, que con once años y 152 centímetros Vince Lamont Carter ya llegaba al aro al saltar. Sus amigos empezaron a llamarle ‘UFO’ –Unidentified Flying Object, Ovni en español-. Con semejantes facultades físicas y un talento que seducía el muchacho empezó a llevar a decenas a curiosos a los playgrounds de Daytona. Con doce años ya era reconocido como el mejor jugador de la ciudad, y su escalada hacia lo profesional sería rápida.

Carter destacó desde el principio en Mainland, el instituto de Daytona en el que estudió, pero el crecimiento de su cuerpo y de su baloncesto fue tan dispar al de sus compañeros que llegó a desentonar. Entre los catorce y los diecisiete años, Vince creció cerca de 35 centímetros, empezó a entrenar muy duro durante los veranos y trabajó muchísimo en su tiro. La brecha con los muchachos de su edad se había hecho tan gigantesca que en un partido de playoffs llegó a anotar 47 puntos- alentado por su entrenador- llegando a sentirse avergonzado al final del choque.

Vince-Carter-Dunk-Contest-NBA

El ‘hype’ en torno a Carter era implacable, y había decenas de universidades luchando por reclutarlo. “Si quisiera ser la estrella del equipo probablemente elegiría a Florida o Florida State. Pero estoy preparándome para más allá de lo universitario. Sueño con llegar a la NBA”, dijo el adolescente en una entrevista. Terminaría uniéndose a los Tar Heels de North Caroline, universidad que diez años antes había dejado un tal Michael Jordan. Después de tres temporadas de éxito comedido allí, Vince se presentó al Draft de 1998. Lo eligieron los Warriors, y aunque sin pensarlo dos veces lo traspasaron a los Raptors, su rendimiento en Canadá fue inmediato.

Rookie del Año, dunker feroz, y como acabo de decir, de un impacto raudo. En el curso 1999/2000, Carter promedió 25,7 puntos, 5,8 rebotes, 3,9 asistencias y 1,3 robos por noche, y siendo apenas un sophmore se coló en el All Star, ganando además un concurso de mates que muchos bautizan todavía hoy como el mejor de todos los tiempos. Es importante el tema de las cifras, pues muchas veces se olvida la dimensión de un tipo que ha sido una total súper estrella de la liga.

Marchó su primo Tracy McGrady a Orlando en 2001, después de que Iverson, Mutombo y quienes formaban parte de aquellos 76ers finalistas les derrotasen en una memorable eliminatoria que alcanzó el séptimo juego. Y el tiempo ralentizó, y Toronto se alejó del nivel de Carter hasta que en diciembre de 2004 aceptó a 3 jugadores y a 2 futuras rondas de draft a cambio de traspasarlo a New Jersey Nets. Allí coincidiría con un titán –Jason Kidd-, y compañeros de la talla de Richard Jefferson o del prometedor Nenad Krstić, en el que los Nets tenían puestas tantas esperanzas que se habían desecho de Alonzo Mourning en el trade de Carter. Pero nada salió como Vince esperaba.

Ninguna de las tres experiencias de postemporada resultó ser próspera en términos colectivos, y en febrero de 2008, Kidd cambió New Jersey por Dallas. O le cambiaron. A los Nets llegó Devin Harris, por entonces un pistón, pero el equipo bajó en lo competitivo, y año y medio después que Kidd, Carter también decidió mudar.

Vince-Jay-Z

Lo hizo a Orlando Magic, que acaba de disputar las segundas Finales de su historia. Ganaron los Lakers, pero la materia prima –Dwight Howard, Rashard Lewis, Jameer Nelson…- sedujo a Carter, que buscaba opciones de anillo. Por primera vez, Vinsanity estuvo en la trinchera de un contender real, así lo certifican las Finales del Este que pisó. El problema es que delante estuvieron los Celtics. Aquellos Celtics.

Carter-MavsEn asfixia de condiciones llegó en diciembre de 2010 a los Phoenix Suns, preludio de un trienio con los Dallas Mavericks (2011-2014) que a buen seguro disfrutable por un Carter ya envuelto en la piel de un veterano. En verano de 2014, a fin de proseguir su travesía por el Oeste, y quién sabe si también para optar la gran victoria, aterrizó en Memphis Grizzlies en un rol que le viene “que ni pintado”.

Igual se retira con los dedos desnudos, desprovistos de anillo alguno, pero que la historia no olvide quién ha sido Vince Carter. Que no lo escriban como a un animal de concurso. Fue mucho más. 19’4 puntos de media en más de 1200 partidos como profesional. Eso es Vince Carter.

Nueve supervivientes (III) – Kevin Garnett

Greenville, South Carolina

Parte III: Greenville, Carolina del Sur, mayo 1976

Sabido es por todo aquel que conozca de refilón la historia norteamericana, que hasta aquella gesta incómoda de Rosa Parks la segregación racial había sido casi la norma en los Estados Unidos. Hubo preludios al acto, pero no nos detendremos. El 1 de diciembre de 1955, ante la incredulidad de todo el vehículo, Parks, una modista natural de Montgomery, se negó a ceder su asiento en el autobús a un pasajero blanco. Eso le costó una detención inmediata, obviamente, pero también terminó de despertar a toda la comunidad afroamericana del sur del país. Ella puso la semilla que luego hizo crecer Martin Luther King, un pastor bautista de Georgia sin el que hoy no se entiende la historia de Estados Unidos. En julio de 1964, Lyndon B. Johnson, el súbito sustituto del asesinado presidente Kennedy, promulgó la ley que al fin derrotaba a la discriminación.

KG-KiddoA unos 490 kilómetros de Montgomery, conduciendo el aslfalto de la interestatal 85, que atraviesa primero Atlanta y luego al recién nacido río Savanah, llega uno al municipio de Greenville, en el que hoy despiertan sesenta y dos mil habitantes. Allí Shirley Garnett dio a luz en mayo de 1976 a un crío que le iba a cambiar la vida. El padre del niño no sólo no se casó con ella, sino que decidió dejar a un lado la relación cuando éste nació. No se amedrentó, sin embargo, la señora Garnett. Antes de todo aquello ya había sido madre soltera. Sonya, su primera hija, era además producto de una relación anterior, así que cuando Kevin aterrizó en el planeta se buscó un segundo trabajo y tiró del carro como una heroína.

Habían pasado dos décadas de aquel “no” insolente de Rosa Parks, pero en Carolina del Sur aún restaban vestigios de racismo: los Garnett vivían en Knickeltown, la sección negra de Greenville. Allí, en una casa de madera que crujía, Kevin y Sonya recibieron una educación peculiar. Shirley era testigo de Jehová e implementó en sus hijos algunas de las singularidades de esta rama del cristianismo, como la de no celebrar la Navidad. No es un detalle a omitir: Kevin no sólo sigue reconociendo la importancia de la religión en su vida, también dice que es lo que dicta su forma de jugar al baloncesto, la de darlo todo por el prójimo. Sí, querido lector, el basket ha entrado por fin en el relato.

Y es que en tanto, O’Lewis McCulloughs, el padre biológico de Kevin, no salió del todo del esquema. Si bien formó su propia familia, y el contacto con su hijo era muy leve -y según dejan entrever las fuentes falto de emotividad-, McCulloghs sí logró contagiar a su hijo la fiebre que siempre sintió por el baloncesto. Algunos años atrás, O’Lewis había sido uno de los jugadores más exitosos del instituto de Beck, y a causa del dorsal que vestía y de su manera de esprintar en los contraataques se había ganado el apodo de ‘Bye bye 45’.

Kevin-Garnett-Wolves-20-NBA-esp

A los siete años, su madre se casó con un señor llamado Ernest Irby, que daría mayor estabilidad a la familia. Él no compartía la afición por el baloncesto, pero a Kevin no le importó. Él continuó fraguando su talento en parques, y a los doce años, cuando se mudaron a Mauldin, a diez kilómetros de Greenville, coincidió entonces con una jauría de chicos tan hambrientos como él por el juego. Fue algo así como encontrar su lugar en el mundo. Jugaba siempre con chicos mayores que él, y aquello, unido al desarrollo de su cuerpo, empezó a convertirle en jugador determinante. A los catorce años, ya con piernas y brazos larguísimos, tomó contacto por primera vez con el baloncesto organizado, el instituto de Mauldin. En sólo tres cursos, Kevin sería considerado la mayor promesa del baloncesto estadounidense. Su habilidad era tan magna, su lectura tan veloz, y su ambición tan insaciable que los números empezaron pronto a salirse del tiesto, así que la NBA dobló la mirada hacia él. “Yo sabía que mi segundo hijo era especial. Me llevó 26 horas parirlo. Era muy largo., bromeaba su madre.

Aunque todo iba viento en popa, en mayo de 1994 aconteció algo que casi hace resbalar a Kevin Garnett. Concretando más: una pelea con tintes raciales en la que un chico blanco acabó en el hospital con una pierna rota. Cinco muchachos negros fueron arrestados, y el caso fue llevado a juicio. Todos ellos salieron en libertad con cargos, pero nada volvería a ser igual. La noticia había corrido por todo el estado, y el instituto de Mauldin introdujo a Garnett y a sus compañeros a un programa de reinserción además de arrebatarle todos los récords logrados en el equipo de baloncesto. Manchado ya el nombre de su hijo, Shirley Garnett decidió mudar a su familia hasta un apartamento en la facción oeste de Chicago. Fueron muchos los centros que se ofrecieron a acoger al precoz fenómeno, pero Kevin acabó en la Admiral Farragut Academmy de Illinois, donde el chico completó una pletórica campaña 94/95, promediando 25’2 puntos, 17’9 rebotes, 6’7 asistencias y 6’5 tapones en su año senior. Barbaridades.

Flip-Saunders-Kevin-Garnett-Minnesota-Timberwolves

En el verano de 1995, Kevin tuvo delante la tesitura más enorme de su carrera. Su nota media del instituto no le alcanzaba para entrar en universidades que compitiesen en NCAA, así que pese a que no fue una decisión fácil, Garnett acabó por declararse elegible para el Draft de la NBA. El salto era algo ya poco común, algo anticuado, pero el hijo de Shirley lo puso en marcha convirtiéndose en el primer jugador en veinte años que saltaba del instituto directamente al baloncesto profesional. Una locura que no pasó por alto la prestigiosa Sports Illustrated, que lo retrató en portada el 26 de junio del 95, día del Draft, sobre un rótulo gigantesco que rezaba “Ready or not?”.

Poco más se puede decir. Bueno sí, que aquella lo eligió un staff conformado por Kevin McHale, el ex jugador de Boston Celtics, y Flip Saunders, que debutaba aquel año como head coach para Minnesotta Timberwolves. Saunders, que falleció hace un par de semanas por culpa de un cáncer, lo entrenó durante diez cursos, hasta ver como se convertía en MVP de la liga. Pero el clímax se convirtió en recesión, Saunders fue despedido y Kevin se cansó de perder. Tanto que un día dejó de creer.

Los Celtics terminaron por reclutarlo para un proyecto campeón que luego quemó un lustro de auténtica excelencia baloncestística. Después de un bienio insípido en Brooklyn, Garnett regresó a Minneápolis. Allí le aguardaba su querido Saunders, pero los astros no han querido darles más que unos meses de paz.

Más supervivientes: Tim Duncan (II)Andre Miller (I)